EL TENDIDO DE LOS SASTRES

Escribano tiene querencia

Manuel Escribano, un torero bravo, tiene querencia por la puertas de chiqueros. Una contradicción si de toro habláramos, Pero no es el caso.
domingo, 15 de abril de 2018 · 09:44

FRANCISCO MARCH

Manuel Escribano, un torero bravo, tiene querencia por la puertas de chiqueros. Una contradicción si de toro habláramos, Pero no es el caso.

El torero de Gerena, tarde sí y (casi) tarde también, en cuanto clarines y timbales anuncia la salida de su toro, capote en mano y arrastrado sobre la arena, encamina sus pasos a la puertas de chiqueros, se hinca de rodillas, hace un gesto de asentimiento al torilero y espera a que por el negro túnel del chiquero aparezca la negra, o cárdena ,o castaña, o colorada, o ensabanada....estampa del toro, con la avanzadilla blanca de los pitones.  Y, ya el toro en la arena, librar la larga cambiada

Lo hizo, cómo no, en los dos de su lote y en la corrida de Victorino en la Maestranza. Doble mérito y multiplicado por dos: 

Voces autorizadas hay que sostienen que lo de irse a la puerta de chiqueros es un gesto de valor de escasa o nula rentabilidad y, por tanto, prescindible.

No seré yo.

Si de la Maestranza hablamos, cuando veo a un torero irse a porta gayola, no puedo evitar que la memoria me lleve a dos momentos, dos cornadas recibidas en tal suerte, dos toreros : Franco Cardeño y Pepe Luis Vargas.

Muchas más hubo y (seguro, desgraciadamente) habrá, en Sevilla y en cualquier plaza, pero esas dos...¡uff, esas dos! 

Diez años pasaron entre ambas, veintiuno desde la segunda de ellas, y ahí siguen. No resultaron fatales pero su sólo recuerdo estremece.

En 1987, a Pepe Luis Vargas un toro de Joaquín Barral le arrancó femoral y safena al no atender el vuelo del capote sobre la montera del torero y hundir el pitón en el muslo. Cuando hizo el intento por incorporarse , un borbotón de sangre muy roja le llegó al rostro y al pecho. Ya en la enfermería, la consciencia apenas mantenida, soltó: "Tanto luchá pa ná".

Diez años después, un torero modesto, Franco Cardeño, vistió de luces sus 43 años de edad y se fue a la puerta de chiqueros de la Mestranza en la busca desesperada de la gloria taurina. Salió el toro de Prieto de la Cal, se paró ante el torero de rodillas, y éste, para llamar su atención, se incorporó. Ya no le dio tiempo a reaccionar. El embroque fue en realidad la cornada en pleno rostro, que quedó destrozado, un horror dificilmente soportable para muchos espectadores que abandonaron su localidad (era el primero de la tarde de una corrida para seis toreros modestos jugándose una oportunidad) y ya no regresaron.

Manuel Escribano, al que recorren su cuerpo cicatrices que son recuerdo visual de trances en los que tuvo su vida en un hilo, desafía la voz interior que (supongo) le dice no vayas . Y va.

En la larga cambiada al quinto, el toro de Victorino , desentendido de la tela rosa, recorrió con su pitón derecho la anatomía de Manuel,  que no tuvo otra que el cuerpo a tierra. Pero se desquitó, con otros dos lances de la misma guisa , ya en terrenos del tercio,  y un manojo de verónicas de pasión y bello trazo abrochadas con sendas medias arrebujadas. Se arrancó la música ,  la Maestranza se puso en pie y Manuel Escribano sintió que su querencia por chiqueros (y lo que después vino) tenía recompensa. 

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