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Una vez, Carreros tuvo miedo

De Juanito Carreros, como le llamaban, se podrían escribir libros enteros y en prueba de su valor se contaron muchos lances.
jueves, 15 de febrero de 2018 · 00:00

Por C. B. Campero

Don Juan Manuel Sánchez, el de Carreros, fue un ganadero de una vez. Empezando por la vestimenta y continuando por el talante, la buena estatura, la arrogancia, el gesto, el don de gentes, sus grandes conocimientos del campo, una vista de águila para los negocios y su reconocida valentía, era, desde luego una figura de primer orden como criador, o sea de lo ‘que ya no hay’. De Juanito Carreros, como le llamaban, se podrían escribir libros enteros y en prueba de su valor se contaron muchos lances.

 - Algo oí yo decir referente a una curiosa escena entre dicho señor y “ Bombita”.

- ¡Ah, si! Fue en “ Las Dueñas”. Se celebraba una tienta y don Juan y Ricardo estaban el mismo burladero. Salió una vaca hecha, gorda, con dos pitones y muy corretona. El famoso diestro (que no tenía un pelo de cobarde) preguntó si estaba tentada. No era cosa de engañarle, y Carreros, muy amigo suyo, le contestó que sí.  "Bombita" se limitó a decir: - ¡ Ah! Entonces... y no se movió del sitio. El ganadero miró a los otros toreros que, de momento, se hicieron el distraído.

Entonces. él, olvidándose de sus setenta años, salió al ruedo. Su hijo, Hiscio le preguntó alarmado - ¿Qué va usted a hacer, padre? Por toda contestación, le dijo: - Ahora verás. Se quitó la capa con gesto garboso y decidido cogió un capote de torero. Citó a la vaca y, sin mucho estilo, pero con gran valor y mucha eficacia, la desengañó con ocho o diez capotazos y la dejó en suerte. Desde allí se volvió hacia el burladero y dijo con mucho aire nada más que lo siguiente: ¡Toreros!...

El ganadero, que era el primero en coger un caballo cuando se enteraba que en su finca algún toro se había ensotao y que no había forma humana de sacarle de su escondrijo, nunca ponderaba su valor, para quitarse importancia. Incluso decía que, una vez, sintió muchisimo miedo, y le gustaba contar la escena:

“Caminaba escotero desde Carreros a Terrones. En la noche oscura como boca de lobo, sobrevino de repente una tormenta temerosa. Los nublaos ponen espanto en el ánimo de cualquier persona, por poco témida que sea. De una parte por que no sabe como luchar contra la nube, y de otra por que cada cual se siente agobiao en el trance, por el mucho peso de sus culpas, y el aparato con que se presenta el negocio parece  que se ha concluido p'a nosotros la paciencia divina y ya esta preparao el rayo que nos va consumir.

Don Juan Carreros caminaba solo y casi a ciegas por un camino que parecía interminable. Sobrecogido iba cuando, a mayores, le pareció que alguien, también a caballo, le seguía. Si por zafarse, picaba espuelas, la caballería que venía detrás también galopaba guardado una prudente distancia. Si para convencerse de que el otro estaba pendiente de él, acortaba mucho el paso aunque no por eso era edelantado en el camino. Al fin, después de un trueno tremendón, dijo con voz que apenas salía de su garganta - ¿Quién va? Nadie le contestó. Poco más adelante... -¡Basta ya de juego!. Y nada. Seguramente se trataba de un ladrón que venía llevarse las onzas del ganadero. -¡ Aquí le espero al que sea y que de una  vez me diga qué quiere de mí.! Silencio. - Está bien, en el primer relámpago nos veremos a las caras!. Volvió grupas y esperó.

El fogonazo no llegaba, sin duda la nube iba ya de pasada. De pronto, todo el cielo se iluminó con la luz de azufre. Carreros soltó una carcajada, cuyo eco retumbó por los huecos de aquellas dehesas. Era cierto que le venían siguiendo... pero se trataba de un potrito que había perdido a la madre. Cuando dejó de llover, don Juan se apeó para estirar las piernas un momento; dio gracias a Dios por que le había sacao del trance, acarició al potrito y se registró los bolsillo del chaquetón remojado para darle un terrón de azúcar. Cuando llegó a su casa vio de lejos la puerta abierta de par en par, para que la luz le sirviese de guía. Alguien, con un farol, traba de avizorar el camino para verle venir...

(Resumido de uno de Los Cuentos del Viejo Mayoral, de D. Luis Fernández Salcedo, ingeniero agrónomo  fallecido hace años, ganadero de Colmenar Viejo y uno de los mejores narradores sobre el campo el toro) 

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