EL APUNTE

Un marciano vestido de luces

¡Qué naturalidad a la hora de proponer! ¡Qué tranquilidad y falta de artificialidad en el momento del cite! ¡Qué verdad en la exposición! ¡Qué parsimonia en el trazo! ¡Qué sosiego en los embroques!
miércoles, 13 de marzo de 2019 · 19:25

JAVIER FERNÁNDEZ-CABALLERO

Si cierto público no aficionado hoy no mira los datos previos al festejo en Valencia no habría creído que bajo el chispeante se encontraba un torero nuevo que apenas lleva diez corridas.

¡Qué naturalidad a la hora de proponer! ¡Qué tranquilidad y falta de artificialidad en el momento del cite! ¡Qué verdad en la exposición! ¡Qué parsimonia en el trazo! ¡Qué sosiego en los embroques! ¡Qué calma a la hora de vaciar! ¡Qué reposo al salir de las series!

Pablo Aguado es un marciano vestido de luces, porque con los dedos de la mano pueden contarse los matadores que, con diez a sus espaldas, pueden transmitir la diferencia conceptual que hoy el sevillano demostró en el primero de sus tres primeros puertos de primera que le esperan en dos meses.

Que no es culpa de las escuelas que -por defecto- puedan derivar en factorías de toreros en serie, sino del modelo de formación en bloque que a veces se predica. Porque el aventajado suele ser el que mejor está ante la vaca, y el que mejor está ante la vaca es el que mejor maneja la técnica. Y a ese lo repiten. Técnica que en ocasiones va en detrimento del arte, con excepciones, como la de Aguado.

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