EN EL RECUERDO

Lo que el 2020 nos robó: Don Pablo, un bravo en el cielo

En octubre falleció a los 90 años de edad Pablo Lozano, conocido cariñosamente por el mundo del toro como "la muleta de Castilla".
miércoles, 30 de diciembre de 2020 · 18:13

El pasado 29 de octubre falleció a los 90 años de edad Pablo Lozano, conocido cariñosamente por el mundo del toro como "la muleta de Castilla". Alcurrucén fue su gran pasión, el hierro que llevó junto a sus hermanos a la cima de las grandes Ferias, además de una época dorada como empresario de la plaza de Las Ventas al lado de sus hermanos, gestionando gran cantidad de plazas de toda la geografía española e incluso americana. 

Fue matador de toros, ganadero, empresario y apoderado y descubridor, entre otros, de toreros como Palomo Linares, Juan Antonio Ruiz “Espartaco”, César Rincón, Eugenio de Mora o Sebastián Castella, también al lado de sus hermanos José Luis y Eduardo. Curro Romero, Manuel Benítez “El Cordobés”, El Juli, Manzanares padre e hijo, Castella y Manuel Caballero también dejaron en sus manos sus carreras. Su último y gran descubrimiento fue Álvaro Lorenzo. 

Aquí dejamos la semblanza que aquel día publicó Alfonso Santiago en CULTORO para recordarlo en el final de este fatídico 2020. 

ALFONSO SANTIAGO 

Don Pablo Lozano fue un taurino grande, de los que ya nos quedan muy poquitos. Ley de vida. En la hora de su adiós, siempre triste cuando además la muerte se lleva a una persona excepcional, sólo cabe dar gracias por haberlo tenido entre nosotros, y porque su trabajo y su dedicación al toreo nos hayan permitido disfrutar con muchos de sus logros y empeños.

El más importante, desde mi punto de vista, tender su mano a varios toreros fundamentales en la historia del toreo, para que se convirtieran a su lado en patrimonio inmaterial de la propia Fiesta. Su capacidad para transmitir los secretos de la profesión de torero está al alcance de muy pocos. Y don Pablo fue capaz de ello dejando siempre que cada una de las figuras que lo tuvieron como referente desarrollaran lo que llevaban dentro bajo su propia personalidad. A cada cual lo suyo y por su camino, pero siempre bajo la guía de quien mejor supo entenderles, animarles, exigirles… Para esas figuras, don Pablo y sus palabras significaron ese norte al que volver la vista en la victoria y en la derrota, en la alegría y en el dolor. Esa gratitud la sintió cerca don Pablo hasta su último día. No era para menos.

Como tampoco lo fue su capacidad para ver al toro, para calibrarlo y enjuiciarlo. En el campo y en la plaza. Una vez me dijo el maestro Palomo Linares que nunca conoció a nadie que supiera más de toros que don Pablo. Y no le faltaba razón. Su sabiduría no fue dogmática, de ahí su enorme calado. Nadie como él para hablarte del toro, y para recordar embestidas, para hacerte ver la inmensidad de ese animal único al que él entregó su vida.

En esta hora del adiós siento pena al saber que ya nunca más le vamos a ver en el campo, ni en la plaza. Que ya nunca vamos a recibir una llamada suya. Que ya jamás vamos a poder escucharle hablar de toros y de toreros. Y me da pena, porque don Pablo, con todo lo grande que fue en el mundo del toro, con todo lo que hizo como matador en una época absolutamente fascinante, con todo lo que luego consiguió como apoderado, ganadero y empresario, fue aún más importante en su trato humano y personal. Su rectitud, sobriedad y seriedad se trasmutaban en la corta distancia en amabilidad, educación y bondad.

Da tristeza pensar todo lo que don Pablo se ha llevado consigo y queda el consuelo de saber que su legado seguirá viviendo en lo mucho que supo transmitir a quienes le rodearon. Le vamos a recordar, don Pablo.

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