EL TENDIDO DE LOS SASTRES

10 años

Había que verlos aquel 28 de julio de 2010. El Parlament acababa de prohibir las corridas de toros en Catalunya y sus graciosas señorías lo celebraban por todo lo alto.
martes, 28 de julio de 2020 · 09:26

PACO MARCH

Había que verlos aquel 28 de julio de 2010. El Parlament acababa de prohibir las corridas de toros en Catalunya y sus graciosas señorías lo celebraban por todo lo alto. Ganaron por 68 votos a favor (de la prohibición), 55 en contra y 13 abstenciones y allí estaban, abrazándose entre sí,  saludando y tirando besos a las huestes antitaurinas que en la tribuna de invitados había  seguido el debate y la votación con indisimulada alegría y cómplices sonrisas.

Pero no todos. En esa misma tribuna de invitados, el matador de toros catalán Serafín Marín, unos pocos aficionados y algún periodista taurino, no podían disimular su tristeza. Lágrimas que eran también de rabia y desamparo.

Todo nació de una ILP auspiciada por la plataforma PROU y con el argentino Leonardo Anselmi al frente,  que entre 2008 y 2009 recogió 150000 firmas contra la tauromaquia, que, llevadas al Parlament y validadas en número suficiente, dieron paso a la tramitación y posterior votación.

Los meses, las semanas previas a ese 28 de julio de 2010, Anselmi y los suyos camparon a sus anchas por el Parlament, alfombras a sus pies y puertas abiertas de despachos donde eran escuchados con atención y complicidad. Mientras, los taurinos a duras penas conseguían ser recibidos.

Lobby lo llaman.

Meses antes, en marzo, se habían desarrollado tres sesiones en la comisión correspondiente en sede parlamentaria, en las que taurinos y antitaurinos presentaron- vía distintas personalidades afines a unos u otros- argumentos en pro o en contra.  Y hubo de todo. De entre “los nuestros”, una memorable intervención del desaparecido biólogo del CSIC, Jaume Josa. Sólo tres toreros dieron la cara, Joselito, Esplá y Serafín Marín. Y Balañá llegó, pidió dinero y fuese.

Consumada la prohibición, el añorado Luis Mª Gibert, al frente de la Federación de Entidades Taurinas de Catalunya se embarcó en una aventura quijotesca: recoger medio millón de firmas por toda España para llevarlas al Congreso de los Diputados en otra ILP que declarara la Fiesta como Bien de Interés  Cultural. Y, pese al desdén del sector, consiguió su objetivo y el Congreso tramitó y aprobó una Ley inspirada en ella, pasando la tauromaquia a ser Patrimonio Cultural Inmaterial.

Así, se presentó recurso ante el Tribunal Constitucional que se tomó hasta finales de 2016 para fallar en contra de la prohibición taurina catalana. Pero ya era tarde y si alguna esperanza había ya se encargó de cercenarla quien debía alimentarla, Balañá,  como dueño de la Monumental, quien, a la pregunta de cuando la abriría al toreo, respondió “de momento, no”. Y en ello estamos.

Una historia- más o menos- conocida pero que conviene no olvidar.

Son estos, momentos de zozobra para todo y todos y la tauromaquia los vive en sus carnes. El último episodio el que ha tenido lugar estos días con la reivindicación de distintos estamentos de los profesionales taurinos (banderilleros, picadores, mozos de espada…) de aquello que la Ley les reconoce y el Ministerio de Trabajo les niega: el cobro de prestaciones de desempleo.

Movilizados durante tres días a las puertas del Ministerio que encabeza Yolanda Díaz y con el apoyo de distintos matadores, reclamaban sus derechos y, con ello, paliar una situación angustiosa para muchos de ellos y sus familias. Los medios de comunicación lo han contado (los que lo han hecho) a su manera y todo acabó por explotar cuando, en una visita oficial a Toledo, la Ministra sufrió eso que se da en llamar “escrache” y que tanto ella como su grupo, Podemos,  han practicado y defienden, con una receta que su líder Pablo Iglesias califica como “jarabe democrático”. Salvo cuando se vuelve en su contra, claro.

La crítica a la violencia- que, dicho sea, no pasó de insultos y algún zarandeo, con la policía de por medio- y la coletilla tan manida “venga de dónde venga” ha circulado por las redes sociales, incluso desde los propios taurinos y bien está. O no tanto, si se tienen en cuenta los precedentes y muchos de los más beligerantes en ello, como el mismísimo Iglesias y sus adláteres Echenique y Monedero.

Lo peor es que en el reproche a esa violencia tan descafeinada se saltan a la torera el quid de la cuestión: la negación,  el ninguneo, la burla, a los trabajadores por parte de quien debe velar por ellos y sus derechos. Para más inri, desde el grupo político que enarbola banderas de justicia e igualdad.

Y es que todo parte de una premisa: para Podemos y afines y, también para cierta izquierda (sic) que reniega de su propia historia mientras la modifica a conveniencia, el toreo no es cultura- mira tú- ;  es una herencia franquista- aquí, unas risas- y es una práctica de tortura con el animal –más risas-. De la mano de grupos animalistas profusamente financiados, esa izquierda traidora y meapilas ha construido un ideario según el cual todo lo que y el que tiene que ver con la tauromaquia es un facha de tomo y lomo que, además, se regodea en el sufrimiento del toro. Sorprende que discurso tan vacuo e inane encuentre eco y voceros en, precisamente, gentes de la cultura, aunque visto y leídos algunos de los más activos, tal adscripción les viene grande.

La prohibición taurina catalana llegó hace hoy diez años de la mano del tripartito de izquierdas (con el necesario apoyo de los entonces nacionalistas y hoy secesionistas y golpistas) y fue un aviso a navegantes de lo que le esperaba a la Fiesta y de quienes iban a protagonizarlo, que ahora gobiernan o deciden tanto en gobiernos autonómicos como en el de la Nación.

Los otros, esa derecha a la que tanto le gusta fotografiarse con los toreros (y viceversa, que esa es otra) apenas ha pasado de las buenas palabras , porque si a los hechos nos remitimos…

Hace diez años, en el Parlament, muchos lloraban. La tristeza sigue.

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