AL NATURAL

Un natural que cuenta un mundo

Un fogonazo al ralentí, aislado entre la marabunta de esquirlas que pulió Urdiales, explicó en una imagen su mundo interior. ¡Casi nada!
viernes, 7 de junio de 2019 · 23:30

TEXTO: MARCO A. HIERRO / FOTO: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

Transcurría -anodino- el quinto acto. Con esa ausencia de brillo tan habitual en las tardes de San Isidro, tan ausente esta feria contra pronóstico. Transcurría tediosa, plomiza, con un alcurrucén tras otro que llegaban hasta once sin que saliese uno medio bueno. El castañito cuerniblanco se iba para adelante sin el ritmo que Urdiales necesitaba en Madrid. Porque de uno en uno es posible que no haya oitro torero que interprete como Diego. Está acostumbrado, además, a hacerlo así

Y mira que es difícil. El toreo 2.0 que llaman por ahí se caracteriza más bien por sacrificar el primer muletazo. Ese es sólo para colocar al toro, para darle inercia o aprovechar la que trae. Es para abrirlo en la línea y dejarlo colocado para traerlo hacia adentro -eso lo borda Ponce- o para afianzarle la voluntad sobre la máxima del ritmo, de la repetición. Pero la pureza... ¡Ay, la pureza! Esa dice que el toreo comienza donde acaba la inercia y para eso no se puede sacrificar muletazo alguno. Y eso lo tiene claro Urdiales, el de Arnedo, que nunca quiso ser de menos ni estar de más. Por eso sabe exactamente quién es y quién quiere ser.

Andaba en esas Diego, en la búsqueda de la colocación más pura, de la entrega de los frentes y los pies en la rectitud del espinazo del animal. Andaba en el enganche sutil para no violentar al animal, en enroscarse todo lo atrás posible el viaje del toro, que no era corto ni largo, sino más bien vulgarón pero humillado y obediente. Esas dos cualidades le bastaban a Diego para proponer el toreo. Y entonces surgió como de la nada. Surgió entre otros de menor calado, pero emergió, en fin, como un fogonazo de ralentizada pasión que se escondía entre el lodazal que pretendía limpiar Diego. Puro. Como siempre.

Porque hace tiempo ya que decidió ser César o no ser nada, y podría no ser nada cuando el olvido lo alcance, pero pudiendo ser César... ¿Para qué arriesgarse a que lo atrape el olvido? Sólo teniendo activo ese mundo interior que desveló el natural, sólo latiendo naturales para transparentar su fondo es feliz Urdiales, el de La Rioja. Y no hacerlo así significaría no ser nada.

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