EL TENDIDO DE LOS SASTRES

Siete verónicas y una media para Caballero Bonald

Ni Bergamín ni Caballero Bonald vieron a Juan Ortega. Pero de haberlo hecho pocas dudas tengo que en él encontrarían también las notas de esa música callada y los secretos de la locura del toreo
domingo, 9 de mayo de 2021 · 21:13

Amaneció el domingo aún con los ecos del absurdo jolgorio en las calles por el fin del toque de queda y la tristeza por el adiós de Caballero Bonald, uno de los últimos  representantes vivos de la Generación del 50, también Generación de los Hijos de la Guerra. Y, como sucedió con la Generación del 27 o “de la República”, como le gustaba más llamarla a José Bergamín, repleta de nombres ilustres de la cultura española y que tienen en los toros y el flamenco tanto fuente de inspiración como gusto personal. En el caso de Caballero Bonald, sin duda el flamenco, al que dedicó estudios que lo explican y engrandecen, prima más que el toreo pero, aún reconociéndose poco asiduo a las plazas siempre lo tuvo muy presente y alzó la voz frente a quienes lo atacan.

La debilidad taurina de Caballero Bonald fue Rafael de Paula, de jerezano a jerezano. Una debilidad compartida por José Bergamín. Y si a Rafael de Paula le dedicó Bergamín su “Música callada del toreo”, Caballero Bonald finalizaba así un artículo en El País sobre una corrida de la Feria de San Isidro de 1981, en la que sólo mencionaba al torero gitano: ““El toro con el que mejor se habría entendido Paula no le correspondió. Era el último, un ensabanado con bravura al que le hizo un quite prodigioso. Y luego ese mandato arrogante, la sabiduría majestuosa del cuerpo aproximándose al toro para irse acostumbrando a él o para que el toro sepa que juega con uno de los, hombres mejor dotados, sensitiva y racialmente, para el ejercicio de esa situación límite en que también consiste la secreta locura del toreo”.

Música callada, secreta locura…

Se abrió de capa Juan Ortega en Leganés y ambas, la música callada y la secreta locura del toreo, se hicieron presentes. Siete verónicas y una media (en realidad fueron dos) que pedían poetas para cantarlas. Siete verónicas y una media que estremecían los cimientos de la plaza (milagro, hasta las plazas que parecen pabellones pueden estremecerse) y que  saltaban de la televisión al alma. Siete verónicas y una media en las que el capote era caricia, el toreo compás y el torero ¡ay el torero!. El torero, Juan Ortega o sea, ya había dejado en su primero un trincherazo primoroso, como también lo fueron, en el otro de su turno, las series en redondo, las trincherillas, los cambios de mano, las entradas y salidas de las suertes.

Ni Bergamín ni-  me temo- Caballero Bonald vieron a un torero que se llama Juan Ortega. Pero de haberlo hecho pocas dudas tengo que en él encontrarían también las notas de esa música callada y los secretos de la locura del toreo.

Y uno, al ver esas siete verónicas y una media, pensó en ellos. Y alcé mi copa en un brindis callado y loco por el toreo, un torero y dos poetas.

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