AL NATURAL

Matar, destruir

Les prometo que recuerdo un mundo en que el diálogo y la conciliación ayudaban al entendimiento entre las personas, tal vez porque esas personas gozaban de unos valores que hoy están demodé.
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jueves, 11 de julio de 2019 · 10:16

MARCO A. HIERRO

Les juro que recuerdo un tiempo en el que para defender una postura no era necesario desear la muerte de nadie. Les prometo que recuerdo un mundo en que el diálogo y la conciliación ayudaban al entendimiento entre las personas, tal vez porque esas personas gozaban de unos valores que hoy en día están tan trasnochados como la palabra demodé. Y todo eso me preocupa. Me asusta. Me asquea.

Hemos asistido a la radicalización de la sociedad en todas sus posturas posibles. Vivimos la total ausencia de empatía en un mundo donde ser guapo o feo, listo o tonto, azul o marrón molesta y hasta enerva a un tipo que está enfrente, que tiene gris la color y que no te conoce de nada más que de considerarte poco menos que una miseria y un lastre para su sociedad. Sólo porque eres diferente, porque piensas diferente, porque sientes diferente o te has comprado un coche de otro color. ¡Qué miedo!

Asistimos en Pamplona a la nueva vuelta de tuerca. Me parece completamente normal que los corredores de encierros de toda la vida estén decepcionados y hasta contrariados porque el encierro ya no es como lo conocían. Casi nada de lo que viven es hoy igual que hace veinte años. Pero de ahí a esputar exabruptos en las Redes Sociales contra el primero que te lleve la contraria va una colleja en toda regla que antes siempre nos daba un amigo, un primo, un colega. Una colleja que te quitaba las bobadas de la cabeza y te sacaba del 'matar, destruir' tan socorrido cuando no se tienen más recursos emocionales. Y entonces te sentías tan ridículo que te daban ganas de repetir la proeza.

Hoy no solo la repites porque no hay colleja que valga; también lo haces porque hay otros cientos, quizá miles como tú, para promover la estulticia. Y entonces una protesta fundamentada y legítima, que se hubiera solucionado hablando con la organización, intentando llegar a un entendimiento que comience por comprender los motivos de cada uno, se convierte en una reyerta callejera que se perpetra en ese basurero en que esta carencia de valores ha convertido las Redes Sociales. Porque un cuchillo sirve para cortar el filete, pero también para rebanar un cuello. La única diferencia es el fondo del que lo utiliza. Y habría que preguntarse en qué momento de la educación de nuestros hijos perdimos el control sobre ello.

Para pensar. Y mucho...

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