EL TORO DE LA MERIENDA

Los límites de la heroicidad

Si algo nos ha enseñado la tarde de hoy en Pamplona es que la heroicidad tiene unos límites que la vida misma se encarga de poner en su sitio
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martes, 07 de julio de 2015 · 21:47

Si algo nos ha enseñado la tarde de hoy en Pamplona es que la heroicidad tiene unos límites que la vida misma se encarga de poner en su sitio. El río que con aguas de gloria dio su comienzo en Olivenza, puede que tenga -y ojalá el 13 de julio borre de mí estas palabras- un final cariñoso en la Pamplona que se vistió de pirata batalladora para hacer de una desgracia todo un signo de orgullo. Para hacer lo que un "ojo de la cara" -con gracia así se lo toma el Ciclón- había costado a Padilla en Zaragoza el signo de toda una Fiesta unida por el Toro en julio.

Decía el gran escritor y aficionado catalán Eugenio d´Ors que los límites de la unión del tiempo con la heroicidad pasan por la nobleza. Y el bueno de Juan José, ante todo, es noble antes que héroe, porque es precisamente el tiempo y la nobleza los que han conseguido su carisma heroico. Y es que, repito, de aquella Olivenza que le dio un bofetón a la muerte a la Pamplona que le dio otro bofetón al complejo de la desgracia ha pasado una etapa en la que Padilla ha hecho historia. Una historia que parece estar tocando su fin.

También la tarde de hoy nos ha hecho apreciar la osadía de un López Simón que venció la barrera psicológica de la imposibilidad humana -no olvidemos el golpazo moral que a punto estuvo de segar su carrera- y que le ha ganado la partida a la desidia. Alberto no es torero de medias tintas. El inicio de faena al segundo de Jandilla lo confirmó: al valor innato le impregnó un aroma personalísimo que dotó de mito el resto de su tarde.

Y es que sus palabras así lo profetizaron: "Las orejas no importan. El toreo es mucho más grande que eso. El toreo es sentimiento y entrega, y ¿qué más bonito que jugarte la vida con un hombre y un animal con la posibilidad de perderla?". No cabe más nada para reafirmar que el camino de figura que ha elegido tendrá, tarde o temprano, la recompensa psicológica y moral que la verdad de su vida predica.

Son las dos caras de una moneda taurómaca que hoy nos ha enseñado que la vida tiene etapas y éstas hay que saber respetarlas. Con el orgullo de saberse querido por una Fiesta a la que ha entregado su alma, Padilla no está para más tralla; con el coraje y la satisfacción de saberse casi entre figuras, López Simón puede ser el final de una trágica década que aún no ha sacado un torero con marca para la historia.

 

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