EL REPORTAJE

Cuando se acorazaron los caballos

El desagradable acontecimiento que en nuestros días supone ver un caballo muerto en la arena, era antes un simple accidente en el que los aficionados a los toros apenas reparaban
domingo, 22 de noviembre de 2020 · 13:01

Desde los inicios de la práctica taurina, caballo y toro han estado íntimamente ligados. Desde el manejo de las reses en la ganadería hasta la prueba de su bravura en la plaza, la especialización de la práctica ecuestre para fines taurinos ha llevado a la utilización de ciertos implementos en las monturas para facilitar la lidia.

A principios del siglo XVI, Ponce de León,  comenzó a utilizar anteojeras para que los caballos no vieran la acometida del toro y se alteraran o huyeran. Esas anteojeras (similares a las que hoy se usan en los purasangre que corren en los hipódromos) se convirtieron en vendas en el siglo XVIII que cubrían el ojo derecho, dejando el otro descubierto para evitar resabios y para que el caballo pudiera fugarse con seguridad en momentos de apremio. Pero el nervio de los equinos también se agudizaba por las voces y sonidos propios de la lidia, así que se optó por tapar los oídos con apretados tapones de algodón, que se aseguran atando con cuerdas las orejas del rocín.

El cambio en la forma de montar que vivió España a principios del siglo XVIII, pasando del estribo corto al largo, hizo que el rejoneo primitivo se debilitara, dando cabida a los caballeros de vara larga, quienes eran generalmente hombres de campo y estaban acostumbrados a faenar con esta monta y a usar la garrocha en sus labores diarias. Terminaron convertiéndose en los protagonistas de la fiesta gracias a que una exigencia de Costillares, en 1793, los enrazó y les llevó a hacer el paseíllo por delante de los lidiadores, sus nombres eran anunciados con letra grande, vestían de oro y permanecían en la arena durante toda la lidia pudiendo intervenir en cualquier momento. Como dato curioso, podemos recordar que “Barbudo”, el toro que mató a Pepehillo en el momento de dar la estocada, fue apartado del matador por el picador Juan López, quién le hizo el quite colocando una vara a caballo levantado.

La permanente presencia de los montados en la arena estorbaba la lidia a pié, cada vez más preponderante. Los varilargueros fueron reemplazados por los picadores, quienes usaban una vara más corta y la punta de lanza se fue modificando por una que infiriera menos daño a los astados.

En las primeras décadas del siglo XIX el peso de la lidia recaía sobre los picadores. Y estos ganaban reconocimiento cuando lograban picar una, dos y hasta tres corridas con el mismo caballo, que usualmente eran de su propia cuadra, como ahora lo hacen los rejoneadores. Pero con el alto número de equinos muertos cada tarde, se fue haciendo costumbre que la plaza, a través de un contratista, surtiera los jamelgos. Los mismos que elegían y probaban los picadores dos o tres días antes del festejo.

Paquiro reordenó la fiesta dando mayor importancia a los matadores, estableció los tres tercios y limitó la presencia de los picadores hasta el fin del primer episodio. Después de su muerte, a mediados del siglo XIX, los nombres de los espadas comenzaron a anteponerse al de los picadores.

El triste espectáculo de ver montones de caballos despanzurrados en la arena y algunas veces a otros remendados con aguja e hilo en los propios patios de la plaza para volverlos a sacar a que cumplieran su función con su último suspiro de vida, generó un cambio de sensibilidad en la sociedad. Al punto que, en 1926, Primo de Rivera emitió una Real Orden que dispuso una comisión que estudiara el medio de aminorar el riesgo de los caballos. En Francia ya existían los “picadores caparazones” (así se referían a ellos los españoles), pues usaban en sus monturas un peto de material muy rígido. Pero los caballeros ibéricos no estaban muy de acuerdo con su uso, debido a las peligrosas caídas propiciadas por el choque del toro contra el peto. Sin embargo, y después de muchas pruebas, el reglamento obligó el uso del peto en todo el territorio español para 1928. Estos petos primitivos cubrían sólo el pecho, vientre y la bragada del equino. Eran hechos de un paño fuerte, relleno de lonas de algodón, y se terminaba con guarnición de ribetes de cuero. Además, los picadores sólo harían el ingreso al ruedo una vez fijada la res en los capotes.

En 1959 se introdujo el último de los cambios sustanciales a la actuación de los picadores: La inclusión de las rayas de cal dibujadas en la arena. Inicialmente sólo se pintaba una que limitaba el área de acción de los picadores, quienes no podían rebasarla hacia los medios. Pero al poco tiempo se pintó la segunda, más alejada hacia los medios, que señalaba la distancia mínima en la que se debía dejar al toro para que este pudiera demostrar su bravura al acometer de lejos a la pelea.

A medida que el toro ha ido ganando en volumen también el peto ha evolucionado, creciendo en tamaño, cubriendo más y mejor el cuerpo del equino. Igualmente ha cambiado el caballo, haciéndose más grande y fuerte, llegando al punto de tener que reglamentar un peso máximo de caballo y peto, pues se está llegando a extremos en los que los caballos parecen más tanques acorazados, ante los que los toros se rompen saliendo derrotados y sin fuerza.

En la actualidad aún se deben analizar posibles cambios en este tema, pues esas sensibilidades de la sociedad y el mismo desarrollo de la lidia actual exigen su revisión.

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