LA CRÓNICA DE OTOÑO

Ahí va un valiente

Román conquista el tendido con su valor desmedido y corta una oreja de una mala corrida de Fuente Ymbro con la que no se terminaron de entender Eugenio de Mora y Juan del Álamo
viernes, 30 de septiembre de 2016 · 22:00

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

"Ahí va un valiente...". La frase, escuchada en la puerta de cuadrillas al finalizar el festejo, procedía de la sapiencia de Luis Olmedo y encerraba un resumen fidedigno de la tarde en que la sonrisa de Román Collado cautivó Las Ventas a base de testiculina. Ahí va un valiente... Y efectivamente: allí iba.

Un valiente que decidió que si había que echar el bofe, apretar los dientes y preparar la carne para recibir el cuerno hoy era muy buen día para ello. Un valiente que se entregó a la pelea con la garra, el ataque y la apuesta que se le presuponen en Madrid a un tieso que quiere dejar de serlo. Un valiente que se hundió en la arena, tiró la moneda y esperó la sentencia sin mudar el gesto ni la color. Un valiente que dejó claro que quiere ser gente, pero también un valiente que estuvo a punto de abrir el portón grande sin pegarle ni uno ni al tercero ni al sexto. Sólo las gaoneras al segundo, con las que soltó el hormiguillo antes de acometer su lote, se parecieron al toreo que se busca en esta plaza.

Porque ese valiente, que hoy dormirá tan a gusto como le dejen las magulladuras que le dejó el sexto en forma de dos caricias sañudas y barriobajeras, sacrificó la compostura, la torería y la forma en favor del objetivo. Ese tío que se puso tan de frente y tan kamikaze con el rebañón tercero, que pareció buscar petróleo en los tobillos de rosa, sabía que una lidia por abajo no pasaría de la ovación. Y él necesitaba el pelo. Por eso se convirtió en valiente donde valen los esfuerzos, donde se cobran las apuestas en contratos o en cloroformo. Y se puso. Vaya si se puso. A que le amenazase el cuero con reposición remontona el pitón derecho criminal por el que no tenía ni uno. Se escapó de milagro. Como se escapó después por providencia de los de pecho que le asentó en las series a zurdas mejor intencionadas que limpias. No fue al toreo excelso ni al bamboleo cadencioso que huele a alhelí; Román le arrancó una oreja a la pelea a navajazos que fraguó con un francotirador con el hierro de Gallardo.

Y ahí se iba el valiente, caminando sonriente en pos de la furgoneta, pero bien pudo salir en volandas tras la refriega en el sexto. Con la plaza calentita, se clavó sin miramientos para los estatuarios al bicho, con dos leznas como puñales amenazándole el traje, viniendo por dentro en la atolondrada carrera y saliendo a su aire tras toparle en el engaño. A punto estuvo de llevárselo puesto y ni siquiera lo había visto. Buscó el abrigo de las tablas el manso, y allí se fue el valiente, detrás del toro cobarde, a enseñarle las pelotas bajo la barrera del 5. De frente otra vez, entregado, sincero, consciente de que pagaría si perdía aquella apuesta. "Hay dos tipos de toreros", decía Domingo Ortega, "los que saben lo que hacen y los que hacen lo que saben". Román fue de los segundos en Las Ventas hoy, porque molió a trapazos de tendencia zurda las arrancadas rectas y sin clase del Fuente Ymbro corretón, pero sin despegar zapatilla del suelo ni dudarle ni un segundo a si entregar o no entregar. Ni uno le pegó bueno, dicho está; pero demostró que para ganar Madrid lo más importante es la verdad.

Verdad le dio Eugenio de Mora al primero en un inicio de sabrosura, de hondura, de lentitud humillada de la que salió un muletazo hacia adentro que le está pegando aún. Fue el único que sacó calidad de un encierro ayuno de ella. Pero duró lo que un parpadeo, porque cuando cogió la izquierda el manchego, con fe en que se la iba a tomar, se le fue a la línea recta, a la arrancada informal, a querer pirarse del embroque y no terminar el trazo. Y allí comenzó la cuesta abajo de un trasteo que iba para premio. El pinchazo previo a la estocada lo terminó de rematar. Con el cuarto, que corrió mucho y embistió poco hasta que llegó al trapo rojo, tal vez hubiera sacado más tajada dejándolo sin gobierno, a su aire, que fuera y viniera como Dios le diera a entender mientras acompañaba embestidas. Esa fórmula le vale a otros toreros de mucho predicamento aquí, pero Eugenio, el de Toledo, que tiene muchos lustros de torear, sabe que ese arte pasa por que sea lo que él quiera, y no lo que quiera Dios. Por eso se rajó el funo al verse perder la lid.

La perdió con el segundo la sombra de Juan del Álamo, que estrenó vestido en Las Ventas el día en que no compareció. Sólo con el capote se le vio mucho querer, mucho insistir, mucho componer. Tanto al sosón y deslucido segundo como al desagradecido quinto les dejó verónicas de gusto, pero se diluyó como sal cuando se armó de franela. No fue la mejor tarde del tenaz salmantino que le tiene cogido el aire a las orejas de esta plaza. Y encima cobró muy fuerte cuando le echó mano el quinto y pudo encunarse en la cuerna antes de que le diera pitón. También es valiente Juan, pero hoy perdió la apuesta.

La ganó el rubio de valencia, un valiente sin canas maduras que quiere firmar contratos para poder mejorar. Hoy ganó su voluntad, se impuso su par de güevos y se apoderó de la tarde su desmedida ambición. Aunque se fuera andando y, aún así, le dijeran por la calle: "Ahí va un valiente".

 

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas. Segunda de la Feria de Otoño. Corrida de toros. Tres cuartos de entrada. 

Seis toros de Fuente Ymbro, serios y con remate, excepto el vareado segundo, que se tapaba con la cara. Con cierta calidad a menos el manejable primero; deslucido y sosón el segundo; con disparo y rebañón el complicado tercero; manso y sin gracia el rajado cuarto; áspero y costoso el desagradecido quinto; atolondrado y sin formalidad el manso sexto.

Eugenio de Mora (blanco y oro):  ovación tras aviso y silencio. 

Juan del Álamo (tabaco y oro): silencio tras aviso y silencio tras aviso. 

Román (verde botella y oro): oreja y ovación. 

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