LA CRÓNICA DE MADRID

Pequeñas gotas que hacen grande su lago

Hoy Ferrera llenó de genial improvisación su tarde. No se preparó nada y le salió todo, y eso solo pasa con los toreros grandes, con los toreros de Puerta Grande.
sábado, 5 de octubre de 2019 · 21:47

TEXTO: JAVIER FERNÁNDEZ-CABALLERO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

La tarde estuvo llena de pequeñas gotas de lluvia que formaron un enorme lago llamado torería. Porque cuando Antonio Ferrera cruzó a las seis menos cuarto el patio de cuadrillas no trajo nada previsto: en el campo no estructuró ni una de las seis lidias a las que se enfrentó esta tarde en Madrid. La firmeza con el de Alcurrucén, la inspiración capotera con el de Parladé, la serenidad con el de Adolfo, la magia con los de Victoriano y la improvisación con el de Garcigrande le salieron solas. Y eso sólo lo consiguen los toreros grandes, los toreros de Puerta Grande.

Ni siquiera el brindis al sexto, en el que Madrid explotó de gozo por lo que había vivido las dos horas antes, lo traía en su interior Antonio. Y esa fue precisamente la clave del éxito: saber administrar la inteligencia para hacer uso de ella cuándo y cómo se requiriese. En el momento exacto. Hubo en ese toro momentos de toreo de mano bajísima al natural, llenando de categoría y plena plasticidad su faena al animal que se fue buscando las tablas. Fue la cumbre de una encerrona al alza, de menos a más, de pequeñas gotas que acabaron en un lago Grande.

La emoción en ese animal, cuando Antonio ya había sentido el toreo, hizo que Madrid se rompiese por completo en una obra de compromiso con su profesión en conjunto. Y ojo, que de haber viajado rotunda la espada en la primera parte del festejo la rotundidad de la ficha hubiese tornado. Porque el auténtico recital de variedad de suertes con el capote, con la muleta… y hasta el desparpajo y la sorpresa en el par final al quiebro con los colores de Extremadura clavados en todo lo alto se le quedaron grabados a esta plaza.

Esa misma improvisación ya la mostró Antonio con “Antequerano” de Alcurrucén, el toro que abrió la tarde. Torerísimo en el quite y en la forma en la que picó al toro, ya que hizo mover al caballo por los tendidos de sombra para poder picar bien al remiso animal, que luego fue a menos y orientándose. Le cantó Madrid en el segundo la forma con la que Ferrera alargó el viaje al animal, realizando sin ayuda la faena y tirando de naturalidad en todos y cada uno de los compases en interpretados por Antonio. En terrenos más cortos, se metió entre los pitones… y pinchó el premio.

Fue el tercero el animal en el que sorprendió a todos Ferrera cuando, tras el tercio de varas, dio órdenes de que todo el mundo se tapase porque Raúl Ramírez iba a interpretar el salto de la garrocha… y así lo hizo: tras una primera intentona en la que no pudo por el viaje corto del animal, lo consiguió a la segunda, aunque tuvo que salir prácticamente por un costado porque se revolvía enseguida el astado. Pero si vibrante fue ese salto, no menos lo fueron los pares de banderillas de Javier Valdeoro y Fernando Sánchez… ¡qué forma de exponer!

Hoy Ferrera llenó de genial improvisación su tarde. No se preparó nada y le salió todo. En su afán por convertir la tarde de hoy en la más importante de su carrera, consiguió a base de las tracas encendidas durante dos décadas reventar la plaza más importante del orbe.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas. Quinta de la Feria de Otoño –fuera de abono-. Corrida de toros. Más de tres cuartos de entrada. 18.797 espectadores. 

Toros de Alcurrucén, Parladé, Adolfo Martín, Victoriano del Río (4º y 6º) y Domingo Hernández.

Antonio Ferrera (blanco y oro), en solitario, silencio, ovación, silencio, ovación, oreja y oreja. 

 

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