LA CRÓNICA DE CASTELLÓN

A ro-ro mi Cuvillo

Enrique Ponce arrulla a dos enclasados toros de Cuvillo para demostrar magisterio, Castella se juega la vida sin más eco que una ovación y Manzanares corta una oreja en su alivio de luto
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viernes, 4 de marzo de 2016 · 20:38

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

A Enrique Ponce no se le rompe el toreo en el alma porque se le derrama entre los dedos como el arrullo de un niño. A este tipo de perfecta figura para ser torero, de corazón grande para ser figura y de larga carrera para ser sabio le aflora la vida en las muñecas para hacer de su obra una nueva primavera. Tantas caricias ha sentido con la franela en la mano que ama a cada animal como se canta una nana cuando es carne de su carne el modelo entre sus manos.

El que hoy acunó en primer turno le entregó la vida por abajo desde que salió de chiqueros para que lo adormeciese en cuatro verónicas y media sin un tirón que moliese una miaja su largo cuello. Bajo el toro, más en la trana que en la escasa cara, pues ni siquiera ahí amenazó al resbalar por la tela. Canto de vida fue el de Enrique para dársela sin freno al que sin freno venía; canto de vida entregada del de negro y del de luces, que supo acunar con suavidad la generosa arrancada que sólo mermaba la condición en el fuelle. Por eso lo arrulló Ponce con la bamba por el piso, porque le alivió el pico arriba la exigencia en pro de la duración. Y de la codicia, porque jamás se supo de un niño que devolviese mordidas al arrullo de papá. Le supuró la ternura a Ponce porque se le desborda el toreo, y de allí bebió la grada.

De allí y de un cuarto que protestó en el caballo porque no da caricias la rudeza de un picador. Ponce sí. La suavidad adormecida con que le bajó la mano el valenciano al Cuvillo sirvió para darle fuelle y escarbarle fondo, para acunarlo despacio, más despacio aún mientras derrochaba el toro la entrega que nunca supo que guardaba en la entraña. No es Ponce de entraña fácil. Lo suyo es hipnotizar, coserle el trapo a dos dedos sin retirarle nunca la opción, pero sin darle cuartel en la búsqueda eterna que concluye en mil suspiros sin que lo toque el pitón. Delicado, amoroso, dulce en el trato, comprensivo en la exigencia, codicioso en el premio. Torea hoy mejor que nunca este Enrique cuarentón, que es padre y sabe arrullar para llenarse de sueños.

También lo intentóCastella con la voluntad de un segundo al que no le dejó el físico conjugar con el galo la obra. Le buscó Sebastián con temple mantenerlo vertical, pero le bastaba un toque fuerte para volver a la arena, y la liviandad obligada no llegó al pagano, que hoy lo fue en dinero y percepción. Porque aún no saben algunos de la apuesta del francés para jugarse la vida sin trampa en los pitones del quinto. Corrió el negro toro atolondrado, lo esperó Castella en los medios citando con la montera la volutad de embestir. Y con ella se quedó el bicho a mitad de la carrera, cruzando su trayectoria, descolocando al torero, que no cambió figura ni gesto para pasarlo detrás. Dos cambiados, el de las flores, el cambio de mano. Cuando llegó el de pecho ya no corría tanto el Cuvillo desclasado, pero mantenía la intención.

Por eso sacó del pecho el galo el orgullo de torero que no quiere una tarde más. Valor espartano y francés para tragar frenazos en el embroque con el toro muy vivo, ofrecer la figura y sacarse la arrancada con seguridad a media altura. Se jugó la vida el francés mucho más de lo que le pareció al tendido. Pero lo pinchó y la estocada corta no sirvió para más que una ovación que se antojó poco premio para los méritos adquiridos. Arrullar, arrulló poco el trapo de Sebastián, pero conquistó su meta para ganarse a pulso el tratarle de Don.

Puede que mañana, en otro fuero y otra plaza, recupere ese privilegio el marino con que se aliviaba el luto el Manzanares de hoy, pero no es este el nivel para la capacidad deJosemari. A disgusto con el perro sexto, quiso olvidarlo él antes de que lo olvidaran todos, y sólo con el noble tercero pudo verse el trapo a más. A más en la seguridad que no ofreció en el capote, porque no se percibe a menudo verle echar el paso atrás. Un torero con el manejo que él tiene del vuelo de los avíos no anda nunca flojo de apoyos y hoy le costó encontrar la seguridad. De mitad de faena para adelante se atisbó al buen Josemari. Más despacio que templado, más acoplado que sentido, fue ganando en confianza hasta que llegó el momento de la tanda suprema, menos suprema esta vez porque acabado estaba el toro, pero más a la altura que un rato antes. Como lo estuvo el acero, contundente como nunca para no volver de vacío en su regreso al color.

Arrullo fue el corazón de la tarde, que llevó el nombre y las manos que mecen el toreo cual cuna porque lo aman y lo sienten como al niño dormilón. Y nunca se supo de infante que aborreciera el amor.

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Castellón. Quinta de la Feria de La Magdalena. Corrida de toros. Más de tres cuartos de entrada. 

Seis toros de Núñez del Cuvillo, justos de presencia -indecoroso el sexto- y nobles y humilladores en general. Superclase sin fuelle el primero; con voluntad y nobleza sin fuerza el castaño segundo; humillado y con calidad y escaso fondo físico el tercero; enclasado y con entrega el gran cuarto; sin raza ni entrega ni humillación el deslucido quinto; deslucido y de cara suelta el anovillado sexto.

Enrique Ponce (gris perla y oro): oreja y oreja tras aviso. 

Sebastián Castella (lila y oro): silencio y ovación. 

José María Manzanares (marino y oro): oreja y silencio. Saludó José Chacón tras banderillear con brillantez al quinto.

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