LA CRÓNICA DE CASTELLÓN

La iglesia de la verdad

López Simón salda con dos orejas una tarde maciza y se lleva el primer duelo con Roca Rey, en el que ganó el aficionado, a pesar de la desrazada corrida de Juan Pedro
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sábado, 05 de marzo de 2016 · 21:11

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

Le faltan ideas a un toreo sin industria si tienen que llegar dos imberbes a alborotar el gallinero. A este viejo rito, al que no acude a menudo la verdad que lo sustenta, le hacía falta una nueva iglesia que oficiase su pureza. Uno de cada lado del gran charco que nos hermana, los dos espigados y recios, tan iguales en la entrega como diferentes de concepción, pero necesarios los dos para la nueva forma de vivir esta religión.

Solemne sacerdote Alberto del rito de inmolación que exige llevarse una vida; gurú vivaz y ambicioso Andrés de la impulsiva verdad que se asienta en el valor. Valor para dar valor a todo lo que se interpreta. Importancia y seriedad para que le baile al pagano la muerte en el precio de la entrada. En un toreo amenazado por sus manoseadas mentiras, vienen a recordar los niños la crudeza de su verdad.

Lo hace despacio Simón, Papa de la nueva era porque abandera en su estola lo que está dispuesto a apostar. No hay alardes ni aspavientos, no hay crispación ni engaño en ademanes ni ofertas; sólo un tipo inteligente que maneja sus redaños para sublimar este rito. Rito que es de sangre cuando existe la verdad. Sangre que tiñó generosa el purísima y oro que le sirvió de casulla para pasarse por la barriga la embestida despaciosa del zambombo melocotón. Sin prisa en toques ni trazos, sin hurtos para dar el pecho, sacrificarse al embroque o encajarse en el riñón. Todo puro y cristalino, vestido con el dominio solemne y maduro del redondo altar del toreo. Maneja Alberto escenarios porque comunica a sus fieles expresando muy despacio el compromiso carnal. Soberbio al natural y en la entrega, impuso su ley este Papa, que defiende en la nueva iglesia la vieja palabra verdad.

Tanta que pudo ganarle el pulso cuando escarbaba el bordado le negra punta de un pitón. Era del tercero el cuerno, que nunca visitó el piso más allá del corvejón. Puro, muy puro el oficiante al entregar el pecho para bien citar. Enterrado en los talones se enroscó tras la cadera la embestida renuente del deslucido animal. Supo retrasar el trapo para darle en el primer derechazo la distancia suficiente para colocar al toro sin tener que moverse él. Supo dejársela muerta para amarrar voluntad a los flecos de la bamba. Supo apostar con la vida como cuando no había otra cosa para entrar en esta apuesta de la que hoy es mandón. Hasta con el quinto esaborío, con tres palmos de arrancada en el caso mejor, supo dejarse en la espalda los frenazos sin raza ni chispa que miraban para adentro más por tambaleo sin fuerza que por aviesa intención. Hoy Simón mandó en la tarde entera.

Lo sabe a esta hora Roca Rey, que perdió el primer asalto pero ya espera otro mejor. Es Andrés gurú de entrega, aunque le falte experiencia para dominar altares a los que volverá mucho mejor. Sabe el peruano ambicioso que su entrega es viva llama en esta iglesia, que comerá muchos años de su impávida manera de merendarse el pitón. Le buscó los calcañares el avispado primero cuando sorprendió al tendido oficiando cordobinas para saludar la humillación, con la pastilla bajo la lengua en las chicuelinas del quite que mezcló con tafalleras y en los estatuarios de inicio que murieron cada vez más cerca de las lentejuelas del traje donde se acerca al talón. Pero no tenía empuje el de Juan Pedro para irse tras el trapo rojo.. Por eso tiró de valor para encadenar arrucinas y conquistarle los terrenos al torete, toreando luego muy despacio la arrancada bobalicona y sosa. Porque le faltó vida al juampedro, toda la que supuraba Andrés para intentar la conexión con el tendido.

Esa le llegó en el cuarto, que no le regaló la entrega ni se movió con emoción. La puso Andrés sin dudarlo en dos cambiados sin sitio para que no hubiera atragantón, un molinete atrincherado que murió en el calcañar y una oferta de carne y vida que terminó en uno de pecho que anunció buena intención. No había material de misa en las medias arrancadas que le toreaba Andrés, pero sí verdad en el rito del que exponía corazón y vida para honrar aquel altar. Y pudo pagarlo con sangre, porque lo encunó el soso bicho en un arreón de manso para quitarse de en medio al tipo de grana y oro que se inmolaba en bernadinas para acariciar la gloria. Una oreja le arrancó al torete, que fue todo su botín, pero tiene la nueva iglesia cuerda de sobra para más misas.

Ambos la oficiaron hoy con la verdad por bandera, aunque se empeñase en faltar la raza a la cita más sincera. Un toro se brindó cada uno de los sacerdotes de esta fiesta. Dos curas de la pureza que llaman a los creyentes para comer de esta mesa.

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Castellón. Sexta de la Feria de La Magdalena. Corrida de toros. Dos tercios en los tendidos.

Seis toros de Juan Pedro Domecq, desiguales de presencia y tipo, muy escaso el segundo. Noble y con calidad el zambombo primero; bobalicón y sin vida el soso y chico segundo; renuente y a media altura el deslucido tercero; soso y sin emoción el obediente cuarto; inválido y mortecino el flojo quinto; sin gracia ni raza el desclasado sexto.  

Alberto López Simón (purísima y oro): oreja, oreja y vuelta al ruedo tras aviso. 

Andrés Roca Rey (sangre de toro y oro): ovación, oreja y ovación. 

Saludó Iván García tras banderillear al sexto.

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