LA CRÓNICA DE SAN FERMÍN

En Navarra crece el ciprés

Roca Rey descerraja de nuevo la Puerta del Encierro ante una manejable corrida de Cuivillo con actuación de tres orejas de Perera que quedaron en ovaciones por el acero y un despojo para Castella con el mejor lote
Por 
miércoles, 13 de julio de 2016 · 22:07

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: EMILIO MÉNDEZ

Navarra es tierra de recias costumbres; buen yantar, duro trabajo, exigente clima y seriedad por bandera. Lo refleja el toro que allí salta, el rictus de los de alamares en la bocana del miedo, los gestos de resignación de los que van a la cara del bou de los bous de cuantos saltan a un ruedo. En Navarra no se juega con las costumbres, las creencias ni la verdad. Aunque pinten de algarada los tendidos el rito de bailar con la muerte.

De eso saben mucho los cipreses. Tan altos, tan verticales, tan impávidamente serenos pese a crecer lozanos tras la tapia del camposanto. Alrededor mora la muerte, a la que ven tan cotidiana que ya no se azoran al verla actuar. Y tan cercana y real la han conocido estos días que hoy le nacieron tres a la plaza de Pamplona.

Un cuarto de hora acariciando la tapia le ha bastado a Roca Rey para ser el más hermoso de cuantos zarandea el viento. Ya se han fijado en él los que lo ven tras el muro, y quieren saltar el cercado para contemplar su majestad. Hoy la vistió de valor, de vertical ambición, de frescura adolescente de quien se sabe ganador del baile con la guadaña. Cita largo, planta raíces, gana el espacio y no se quita así le amenacen el cuello. Como lo hizo el tercero en una carrera larga que fijó en el bordado del que hoy lo enmarcaba en marino. Medio callejón con el corazón en un puño, sabiendo que viajaba recta la advertencia del pitón. Y llegó la voltereta, porque también lo sabía Andrés pero no sería ciprés si hubiera movido el tronco.

Luego movió la ramas, por delante para citar, por detrás para cambiar el curso del torrente de codicia que devanaba el viento y que retumbara el calimotxo en el gañote de la sombra y los de sol. Ya había comprado Pamplona con billete de valor, con la verdad por delante para no salir de allí, con el trazo por abajo para amarrarle al suelo la cara a la desbrozadora que hizo tercero. Vertical, firme, seguro. La muleta por delante para enganchar y soltar, para no crujirle el lomo al repetidor Cuvillo hasta que también era suya –de Andrés- su santa voluntad. Y de nuevo por detrás. Y de nuevo el nudo en las gargantas. Dos orejas certificaban la escritura de propiedad. Lo del sexto, pese a intentarlo, escrito estaba al olvido.

No se le ha olvidado a Perera que él también es ciprés y que se cimbrea con el viento. Cierto es que le ha costado encontrar la raíz en un camposanto amenazante que le puso en la nuca el hacha indolente del ostracismo oportunista. Se vio fuera de ferias el que se sabe bien armado; honda la cimentación, gruesa la raíz, armónicas las ramas y hermoso de ver ondear. Tanto como mal espadachín hoy, porque su decidida apuesta, su calcañar enterrado en el abierto compás y su latido lento para supurar el toreo debería haber puesto tres orejas en su esportón, pero le aplaudió Pamplona. Porque es de ciprés su larguísimo trazo de corazón natural al humillador segundo, su imperiosa presencia para sacarle el fondo al díscolo quinto, su entrega no superada por la horrible voltereta que le cobró la tarde. Son todas cualidades del inmenso Miguel que quiere mirar por encima del cementerio donde se sabe ciprés. Tal vez hoy encontró el camino para no volver a dudar.

Dudar, duda poco un Castella que siempre muere con su canción. También es ciprés el galo por su vertical quietud, por su mirada al cielo buscando su protección mientras brindaba su duelo, por su constante ondear en series de seis y siete. Pero impuso mucho y mimó poco la prontitud del primero para hermanarse con él, y sólo en contados momentos se hizo entender con él. Sí lo consiguió con el quinto el mejor de un encierro tan desigual en las formas como regular en el fondo. Con ese suavizó la verónica, templó la sarga y le dio tiempo, pero no la dejó muerta en el morro para tirar sin tocar. Castella es de mimar poco, por eso se exhibe sublime cuando le sale el toro de su condición. Y cuando sale, se expresa, porque sabe torear. Porque también es ciprés y le ven la copa sólo cuando apuntan al cielo.

El cielo se fijó en Roca Rey para que reventase Pamplona, por ser ciprés joven y bello para seguir con pasión. Lo fue dos tarde de San Fermín el año en que impuso moda; tendrá rato para imponer la verdad de su expresión.

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros Monumental de Pamplona. Penúltima de la Feria del Toro. Corrida de toros. Lleno en los tendidos.

Seis toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de presencia y tipo. Pronto y repetidor de cara suelta el pasador primero; entregado y con áspera codicia el segundo, de buen fondo; bruto y descompuesto, pero repetidor el tercero; enclasado, codicioso y bravo el exigente cuarto; descompuesto y sin ritmo el zambombo quinto; deslucido, sin gracia ni entrega el imposible sexto.

Sebastián Castella (grana y oro): silencio y oreja. 

Miguel Ángel Perera (verde hoja y oro): ovación y oreja.

Andrés Roca Rey (marino y oro): dos orejas y silencio.

Comentarios