LA CRÓNICA DE SAN FERMÍN

O dignidad o nada

Una mala corrida de Cebada Gago se lleva las ilusiones de un Eugenio de Mora, un Pepe Moral y un Javier Jiménez que pusieron en mayúsculas la palabra dignidad
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viernes, 8 de julio de 2016 · 19:48

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: EMILIO MÉNDEZ

 

Cuando las manecillas del reloj buscaban las nueve menos diez de la tarde calurosa y pesada, se iban tres toreros desmadejados camino de la puerta de cuadrillas, sabiendo que no cargaba el esportón la mercancía que precisaban, pero contentos que haber sido toreros en tarde de dignidad o nada.

Dignidad de tres hombres –superhombres en ocasiones- que tiraron de valores y responsabilidad para echarle bemoles a una tarde que no traerá recuerdo. Porque tardes como esta, vacías de evidencias y ayunas de alhelí, no suman argumentos tangibles para pelear en los despachos, pero alimentan la vida interior de tres tipos que sumaban una corrida de toros entre los tres durante la temporada antes de pisar este ruedo. Por dignidad.

Esa fue la que hizo saltar de la camilla a Javier Jiménez cuando ya estaba Eugenio de Mora con la espada en la mano. Tres volteretas en una se había tragado el sevillano por tragar pitón primero al colorao tercero. Dramáticamente volaba cual pingajo el mismo tío que le había entregado el cuero más quieto que un poste a la geniuda arrancada inicial para rascarle el fondo que hubiera tras el áspero ademán. Sobó y sobó hasta que tocó trazar. Y allí apareció la colocación precisa, el toque firme, el pulso correcto y la limpieza en los pases. Allí aparecieron las formas pulcras y dignas de un tipo rubio y sevillano que sobrepasa la media en la técnica mostrada pero tiene dignidad para no usarla en la mentira. Hubiera sobrado, de hecho, ese final de rodillas que precedió al vuelo sin motor. Pero estaba en Pamplona. Y quería estar el año que viene.

De hecho ni sabía que era esta plaza cuando salió a por el sexto contra la opinión del galeno. Matemática interiorizada fue el rastrero percal con el que enceló al cuellilargo sexto. Siempre sin molestar, siempre sin ofrecer batalla. Porque sólo cuando se armó la diestra, ya con la sarga en la mano, sacó su dignidad el temple, la apostura y la forma para que no se fuera la tarde sin enseñar su fondo. Hecho migas toreó Jiménez, pero toreó al de Cebada, que pasó y pasó sin terminar de enterarse hasta que comprendió de pronto que allí no mandaba él. Y se rajó sin remedio, sin reserva, sin sonrojo. Sólo para tirar un guadañazo en las manoletinas del final tuvo espíritu el funo. Un guadañazo a la dignidad de uno que no guardó nada porque nada había por detrás. Sólo la dignidad en forma de una ovación.

Por detrás y por delante le puso los pitones cerca el cabronazo primero a la dignidad de Eugenio de Mora. Curtido en la traca del pueblo, en la feria de renombre y en la de medio pelo, pudo ser de tragedia el resultado de ese primero, que usó el cuello badanudo para visitarle el oro. Embraguetado el manchego, digno por encima de la lógica para lograr hasta sacarle una serie al delincuente con papeles que abrió la función. Al otro, un salpicao astifino serio como la madre que lo parió, le tocó fuerte, le ofreció pelea, lo abrió por fuera para azuzarle el celo y le tragó las vencidas de la falta de raza y de clase que dejaban en cero el esportón. Lo sabía Eugenio, y aún así se compuso y se encajó las pocas veces que pudo para ganarle la lid. Un trincherazo por aquí, un desmayo por allá y un tío con tremenda dignidad escuchando dos silencios por no atinar en aceros.

Sí lo hizo Pepe Moral para trincar una vuelta al ruedo. Trincarla de la ley del digno, del que sabe de su entrega y el miedo que le ha hecho pasar un lote con más tralla de la que permitió ver él. Y no fueron los dos peores. No fueron faenas de gusto, no conjuntó tandas macizas, no se sintió supermán por hacer el toreo que sueña. Pero fue superhombre, y lo sabe, por exprimir con gobierno, enfibrarse con autoridad, mandar en las arrancadas y conseguir medio premio de dos toros de silencio mayor. Sin corridas hasta hoy, y veremos si las tiene mañana. Pero con máxima dignidad para pasear su nombre hasta debajo de una encina.

Porque sin dignidad no hay nada para los que no tienen más toros después de los dos de hoy. Y ese tesoro torero nadie lo comprenderá porque no se juega la vida. Porque no se le baila a la parca cuando te tira el espejo a solas una guasa o tal vez dos. Con los tres que torearon hoy el espejo se quitará el sombrero.

 

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros Monumental de Pamplona. Feria de San Fermín, cuarta de abono. Corrida de toros. Lleno en los tendidos

Cinco toros de Cebada Gago, serios y voluminosos, de distinto tipo, y uno de Salvador García Cebada, quinto. Violento y con mucho sentido el primero; mansurrón y orientado a menos el deslucido segundo; de cierto genio en las formas y manejable bondad en el fondo el tercero; manso, pasador y sin entrega el mentiroso cuarto; deslucido y sin entrega el grandón y basto quinto; sin raza ni calidad el protestón y rajado sexto.

Eugenio de Mora (coral y oro): Silencio y silencio tras aviso

Pepe Moral (Gris plomo y oro): Silencio y vuelta al ruedo

Javier Jiménez (Blanco y oro): Ovación con saludos en ambos.

 

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