LA CRÓNICA DE SAN ISIDRO

El secreto de Lisardo

Una vuelta al ruedo para Luque y una ovación ara Abellán con un toro de premio es el exiguo balance de una desrazada corrida de El Puerto, que volvió a echar un toro a Madrid
martes, 26 de mayo de 2015 · 23:37

Había una vez un hombre de pelo en pecho y campo por patria, Lisardo de nombre propio y arrendado para un encaste. Ganadero cabal, buscador de arcanos entre los matices que ofrece una embestida hasta dar con una tecla que lo pusiera en la historia. Tan listo fue aquel Lisardo que añadió su gracia a un encaste, le bajó la alzada, le remató las carnes, le empelotó el morrillo y le armonizó la caja, de tal forma que de Atanasio quedó finalmente la sangre que una vez fue Tamarón. Y buscó que corriera más un encaste más bien dulce.

Hay que ser un visionario para ver antes que nadie el toreo que vendrá. Y probar con las alquimias que aseguren embestidas casi como tú las sueñas, aunque vendas tu alma al diablo para los ayatolahs de la fe. Una pizca de mansedumbre al buscar la humillación traía de serie Atanasio; mucha clase entre las vacas y el empuje entre los toros le buscó Lisardo al crisol. Y tener los redaños de cortarle los pescuezos a las reses sin tal armonía entre los dos, para hacer regular la excelencia que después salió en Sepúlveda, Alipio o Javier Pérez Tabernero. Eso lo encontró Lisardo Sánchez buscando regularidad en las arrancadas buenas, para que cruzasen la línea y se hicieran extraordinarias tarde tras tarde. Ese secreto añejo -que hoy me arriesgo al anatema por desvelar- es buscar la excelsa clase entre la mansedumbre que huye hacia adelante y no termina de irse mientras la atrape el trapo. Hoy salió uno al ruedo que cumplía el registro bueno a medias de completar.

 

A medias porque le faltó excelencia al que sirvió para triunfar. Saltó segundo y en las manos de Abellán, al que le pesaron tres tardes mucho más que el trapo rojo. Tenía Buscapán el secreto de Atanasio en la humilladísima llegada, el de Lisardo en la repetición fija, el de Infante de la Cámara en la frialdad de salida y el de las primeras vacas que enramaron El Puerto en el redondeo al buscar los vuelos creyendo que abren la puerta de la total libertad. Recto lo toreó Abellán, empujado en el inicio hasta en la trinchera de abrochar, viéndole la cualidad del desliz, que llegaba en una tarde que ya estaba de que no. Y recto pareció venir, tanda tras tanda, para que volviese a colocarse una y otra vez el que venía de verde hoja, veterano en mil batallas por valor y capacidad, que hoy se le escapó entre los pulsos el que pulso y colocación le exigía. Pero recordaba el tendido el remate a una mano de Luque para abrochar chicuelinas en quite, mano que fue un natural de clase sobrenatural. Y allí no iba el toro tan recto... Un natural a pies juntos, macizo y sublime, no parece buen bagaje para quien nada entre figuras. Que lo son porque convierten en superior al toro medio y cuajan sin paliativos al que tienen que cuajar. Como el Buscapán de hoy. Miguel saludó una ovación.

Pero tenía un peligro enorme el secreto de Lisardo para regularizar la excelencia, y era el punto de mansedumbre donde recogía el enclasado encaste, que le hacía navegar siempre entre las rocas de costa. Como cuatro de los demás toros que saltaron en Madrid. Con prisa seleccionaba Lisardo, que comenzó de ganadero muy mayor y siempre comentaba que tenía que darse prisa, que se le acababa la vida. Con prisa por ser figura llevaba Luque unos años hasta que se hizo mayor. Y hoy asentó la paciencia, buscó componer trazos lentos, ralentizar las urgencias y deletrearle el dibujo al rajado tercero. Tan bonito empezaba la embestida que resultaba la huida un salivazo en pleno rostro. El otro se le fue para atrás porque al secreto de Lisardo no le añadió suficiente raza.

El de Pereda que saltó sexto no hubiera sido más feo si rebuscan con ahínco entre el parque jurásico de los corrales de Madrid. Largo, frentudo y feo, se le encaró a Luque de salida en una tremenda lucha por no mover ni una ceja, cara a cara los dos. Valor el de el de Gerena para frenarle allí el genio y recibir la ovación. Fue toro de distancia larga y galopona carrera que mantenía sin gatear durante tres y el de pecho. Y se los dio Luque sin cederle maldito el palmo. Muy de verdad en el asiento hasta que le quitó la intención una colada de pitón diestro. No se acordó de Lisardo ni de todos sus secretos, pero también le apretó hacia las tablas para dejarle a Daniel un resquicio de toreo, una tabla de salvación donde amarrar esa oreja que le negó luego el palco por no saber contar moqueros.

Ferrera se llevó, sin embargo, la parte más peligrosa del secreto de Lisardo. Porque darle motor a ese fondo manso te hace caminar en el alambre que une la excelencia y la guadaña. Cuando se da la ausencia de bravura y lo que sale es el genio hace que salten al ruedo toros como la prenda cuarta, zorrón y a la caza, que amenazó hule con insistencia mintiendo con el morro en el suelo. No se apuntan las figuras a la excelencia buscada por el temor a encontrarse con la pirañas que esta guisa. Y cayó en las manos de Antonio. No fue el día del triunfo del extremeño, que cumplió sin más secretos.

El secreto de Lisardo dio sus frutos entonces para padrear varios hierros, pero no es fácil buscar su arcano y soportar sus accidentes. No lo es en estos tiempos donde no existe paciencia. No lo es cuando encuentras toros como el de Otoño anterior o el de Salamanca en septiembre, los dos en el mismo año. Y al acordarte de ellos, la corrida aún te parece peor.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Feria de San Isidro, décimo octava de abono. Más de tres cuartos de entrada.

Seis toros de El Puerto de San Lorenzo, desiguales de presencia y tipo. De franca embestida a zurdas el soso primero; de exigente humillación y buena calidad el segundo, aplaudido; noble y humillado el rajadísimo tercero; zorrón el manso con genio cuarto; gazapón e incómodo el deslucido quinto; devuelto el sexto por inválido. Y un sobrero de José Luis Pereda, sexto bis, de movilidad sin clase.

Antonio Ferrera (nazareno y oro): silencio en ambos.

Miguel Abellán (verde hoja y oro): ovación y silencio.

Daniel Luque (verde botella y oro): silencio tras aviso y vuelta tras aviso.

 

Saludó Abraham Neiro tras banderillear al sexto.


FOTOS: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

Comentarios