LA CRÓNICA DE SAN ISIDRO

Camino de convicción

Paco Ureña se entrega bajo la lluvia y pincha una puerta grande que valía tres orejas; liviano Escribano y fuera de la tarde un Fandiño que fue pitado
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miércoles, 11 de mayo de 2016 · 21:16

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

Paco Ureña abrirá algún día la Puerta Grande que hace más grandes a los toreros. No cabe la menor duda.Como no cabía en los naturales que le enroscó al manso tercero porque en su camino, el de la convicción, se apuesta la vida y se paga con sangre. Y no hay tópicos manoseados para tirarse el pisto o defender mediocridad. Paco vivió de la ayuda del buen samaritano cuando pintaban bastos por su exilio de Sevilla, esperando medio pitón al que poder dárselo todo, convencido entonces y hoy de que esto es ganar o morir. Y hay que visitar el filo para conocer el brillo.

Paco, con esa cara de triste y ese ademán desgarbado, lo visita por necesidad cuando se viste de luces, y se vuelve gallardo y gigante desde que propone el cite. Hoy sacó los brazos de paseo cuando bostezaba la tarde y ni el silencio parecía la nada, cuando le humillaba el tercero la convencida verónica que preludiaba su rito. Era la mano diestra la de embarcar arrancadas, la de mimar intenciones y partir la voluntad. Era la de bracear despacio desde ese ponerle el pecho donde late el corazón. Y le late fuerte a Paco, que a veces, de pura entrega, se le revuelve la vida al sentirse tan despacio y se le desboca el alma al conjugar el verbo sentir. Y sintió con la mano zurda, con el toro tan por los muslos que resultaba obsceno mirar dónde acababa el trapo. No se le paran los pulsos a este murciano sin copla; se le incendian en el sótano para que humee el tejado y le rompa la rabia en el de pecho un poco antes de la cuenta.

En el aparatoso sexto, además, quizá sólo creyó él. Y se le encajó de riñones, inmolándolos convencido antes que pasase el cuerno, tocando en el mismo instante en que se acababa el tranco para girar el talón despacio y seguir pisando el sitio donde pueden morir los hombres y nacer sólo los mitos. Si la verdad del toreo pasa por apostar la vida, Paco es sincero entre sinceros, aunque no se dé importancia. Por eso obedeció el sexto, un aparato destartalado para no embestir jamás. Salvo cuando encuentra un tío que no le da más opción. Tres orejas valía hoy la puerta que da a la gloria, pero se empeñó el acero en jugar en otro equipo.

Aunque no jugase el partido que se remojó en Las Ventas, porque no hubo más historia en el resto de la tarde. Sólo un par comprometido de Escribano al cuarto, cuando un capote amigo le quitó el pitón del pecho. Lo demás quedó en silencio con los dos toros pasadores que le sirvió El Torero, porque no dio con el fondo a fuerza de rascar evidencias.

Evidente es que Fandiño se salió de ese camino que se llama convicción y vio cómo pitaba Madrid su ausencia espiritual de la tarde. Lo silenció en el segundo el mismo tendido que lo encumbraba hace no mucho tiempo, a pesar de que le embistió a Ureña mucho mejor en el quite de lo que dejó ver el vasco cuando cogió los avíos. Al remiendo quinto de Torrealta lo hizo parecer el demonio a fuerza de violentar toques y fomentar choques con el trapo. Se le acabó la paciencia a Madrid, que no vio más gasolina en el motor del de Orduña. Y tendrá que andar despierto para encontrar combustible.

De ese le sobra a Paco, sacrificado al camino que lo convence del rito; santificado a la apuesta en verdad sobre la media mentira; recordando con su tarde que aquí se fragua un torero.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Feria de San Isidro, sexta de abono. Corrida de toros. Dos tercios largos en los tendidos a pesar de la constante lluvia. 

Cinco toros de El Torero, bien presentados. Bajó el segundo por menos y el sexto por demás. Y uno de Torrealta, quinto, bien hecho y con trapío. Pasador sin gracia el manejable primero; desentendido y rajado el manso segundo; manso con cierto fondo el tercero; manejable y sin malicia el obediente cuarto; áspero y correoso por el trato recibido el quinto; obediente sin entrega el manejable y humillado sexto. 
 
Manuel Escribano (nazareno y azabache): Silencio y silencio. 
Iván Fandiño (caña y oro): Silencio tras aviso y pitos.
Paco Ureña (lila y oro): Ovación tras aviso y oreja.
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