UN 13 DE MAYO DE 2016

Hace cuatro años: Supay respeta a los bravos

Roca Rey abre la Puerta Grande a base de raza y valor, Talavante corta una oreja con dimensión de figurón y Castella pasa de puntillas por su primera tarde venteña
miércoles, 13 de mayo de 2020 · 06:53

MARCO A.HIERRO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

 

 

Supay habita las cumbres en las que se vuelven recios los hombres que desprecian el vértigo. Lo desprecian de puro vivirlo a diario, de puro sentir su presión reventando pechos y oídos que ya no sienten dolor. Supay aprieta el Perú con pan de maíz y nieves eternas, pero respeta a los bravos cuando se visten de oro, cuando se amarran a la apuesta y aceptan su duro rayo como parte de vivir.

Al Supay de los que hablan quechua le llaman demonio los españoles que fueron desde tierras extremeñas por el oro del Perú. Y esos y aquéllos saben que respeta al hombre Supay cuando se muere de bravo.

Dos de esos que calzan corazón grande le cambiaron el semblante a la octava de la feria, sin billetes en taquilla ni más tela que cortar; sólo un extremeño enorme limpiando zarpazos homicidas hasta pegar naturales y un indiecito gigante dispuesto a devolverle a Supay el oro que vino a España. Los dos bravos; los dos grandes como la puerta que sólo abrió Roca Rey y lo hubieran sido igual si se hubieran ido los dos andando.

Pero al indiecito resuelto le sobra valor por arrobas, le funciona la cabeza y le puede la intención, porque lleva pegando lances desde que soltó la teta, sabe que en esta chamba sólo se paga con sangre y la entrega generoso si ello está en el guión. Por eso respeta Supay su propuesta de verdad, su tornillo en los talones, que pesan un mundo entero para que sean las muñecas sabias las que busquen curvas o rectas sin aliviar la postura, sin torcer gestos ni escorzar las formas, entregando el alma a Supay si sabe cómo ganarla. Por eso respeta a Andrés, con el capote a la espalda y el pitón besando muslo, con la muleta encaderada y la cara buscando pescuezo y pecho. Con la ambición disparada de quien quiere cobrar sin cobrar, pero está dispuesto a asumirlo.

Así se pasó al castaño por detrás y por delante, dejando en el par de agujas hilos verdes y dorados para conquistar a un tendido que se rindió al que venía a ver. Y lo vio jugarse el cuero sabiendo perder los pasos, dejando el tranco final al que necesitaba vivo para que emocionase a la grada con el brío de arremeter. Banderazo en el primero para ajustar el segundo, quedarse quieto al tercero así viese al mismo Supay y escupir con el de pecho caras sueltas, tarascadas y embestidas sucias que transformar en pan. Un niño que se hizo torero pidiendo maximizar el riesgo, porque respeta Supay el arresto de los bravos. Y hoy lo premió con Andrés.

Ya atravesó Talavante la puerta que da a la gloria, pero hoy le salió el demonio embadurnado en jabón. Toro de correa dura, de alzada poco propicia de las que gusta en Madrid. Toro de quebrar esperanzas cuando no se tiene el valor que se respeta en los bravos. Pero llegó un extremeño a reconquistar Madrid, y se plantó imperioso delante del mulo quinto, de gazapona arrancada y hachazos en los finales, violencia en el ademán y reposición forzosa. A ese se enfrentó Alejandro apostándole al fondo con la fe puesta en el hierro, y le hizo saber muy pronto que quien mandaba era él. Porque le tragó vencidas, le soportó puñetazos, le reventó la paciencia y le impuso la ley del vuelo para no darle opciones fuera de embestir su ley. Lo mejor que pudo, que no fue mucho; lo mejor que supo para que trocase el trapo arremetidas de manso en arrancadas de vibración. Ni un error era posible, porque se llevaba el diablo al que cometiera el error. Y allí lo partió al natural uno que sabe volar el trapo. Un buey fue el toraco blanco, que sólo sirvió –y no fue poco- para que Alejandro diese verdadera dimensión. Porque esto es Madrid y así viene un figurón del toreo. Y lo respeta Supay porque es bravo.

Bravo es también Castella, pero hoy también tozudo. Como se pone el galo a veces cuando se entiende poco con el animal de enfrente. Le pasó con ese cuarto bajo de agujas y manos, generoso de badana, largo de cuello y lomo, bondadoso de expresión. Ese le humilló el viaje, le repitió ligaduras y le humilló en el final, pero no se encontró al francés que reventase esta plaza con los calores pasados, y llegó el frío invernal que gobiernan en lo alto los dominios de Supay.

Hoy respetó a los bravos y hasta premió las apuestas, porque saben los demonios que te agujerean el cuero rendirse a las evidencias de toreo a puro cojón. Da igual si eran dos o una cuando la verdad entra en juego. Y cuando se acuerda Supay de que hoy no les venció.

 

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Feria de San Isidro, octava de abono. Corrida de toros. Lleno de No hay billetes.

 

Cuatro toros de Núñez del Cuvillo (primero, segundo, tercero y quinto) y dos del Conde de Mayalde (cuarto y sexto). De nobleza sin vida el primero; docilón y con voluntad el soso y feble segundo; descastado y sin gracia el tercero; codicioso y bravo el incomprendido cuarto; bronco, correoso y gazapón el basto quinto; áspero y bruto el castaño sexto.

 

Sebastián Castella (azul pavo y oro): Silencio tras aviso y silencio tras aviso.

 

Alejandro Talavante (sangre de toro y oro): Silencio y oreja.

 

Roca Rey, que confirma alternativa (verde hoja y oro): Palmas y dos orejas.

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