LA CRÓNICA DE SAN ISIDRO

Y Dávila no mató Miura

A Eduardo le embisten los dos sobreros de corrida con un encierro de Miura de absoluta decepción con el que se justificó Rafaelillo y ni para eso le dio a Pinar
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domingo, 11 de junio de 2017 · 22:39

 

 

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ-OLMEDO

Eduardo llegaba a Madrid a cerrar el triángulo de su ilusión. Regresaba por un día más. No para jugarse el contrato de mañana, no para emerger por encima de nadie, no para competir con cuantos se acartelaban en un San Isidro de 32 festejos. Eduardo venía a cerrar la feria y su particular apuesta de Pamplona, Sevilla y Madrid con el hierro de su familia, y para eso se había preparado concienzudamente. Estaba preparado para ver dos toracos con pinta de vaca vieja desplazarse por delante de él con mayor o menor son. Con lo que no contaba era con despachar dos animales con trapío, con hechuras, con poder y con calidad para apostar a reventar Madrid, porque él ya no está con la cabeza en ello, por mucho que conserve la técnica y el conocimiento.

Una cosa es prepararte para el esfuerzo de la faja, para la línea y la media altura, para meterte en el costillar, incluso, si alguno te mueve las orejas, y para el toma y daca que suele ser esta lidia, y otra muy distinta es preparar cuerpo y mente para entregar la vida a cambio de una gloria mayor. Porque se cuenta -¡y se cree!- que lo fácil es templar una embestida franca y hablar de expresarse en el ruedo, y que lo complicado de verdad es todo aquello para lo que sí venía preparado Eduardo. A estas horas -aunque él ya lo sabía- tiene comprendido Dávila por qué es casi imposible ser figurón del toreo, en una tarde donde no mató Miura, pero le embistieron dos.

Dos que no entraban en los cálculos, como no lo hacía que se le devolvieran dos a Miura del encierro de chotejos malcomidos que envió a cerrar Madrid. Tres vacas viejas con más de 500 kilos; un cuarto enmorrillado, pelotudo y cabezón, fuera de cualquier tipo de Zahariche; un quinto de cabos finos y malos andares que se fue para atrás por horrible y por inválido; y un sexto de corte samuelón al que lo escurrido de la carne aún le pesaba un mundo. Con ese espectáculo sobrenatural, el apretado y musculoso Buenavista y el armónico y serio Ventorrillo parecieron los dos papás del encierro de los chiquillos.

Y fueron los dos que embistieron. Y fueron los dos que pillaron a contrapié a un Eduardo Dávila Miura que no venía preparado para entregar hoy la cuchara. Y eso que hizo un esfuerzo cuando se le lió a embestir en el inicio el precioso sobrero quinto, de acusada humillación, viaje largo, entrega absoluta para empujar el trapo con los pitones adelante y poder para transmitir al tendido la seriedad que lucía. Un toro, coño. Un toro-toro de los varios que han salido a este ruedo en el último mes y que han procedido de los más variados encastes. Los doblones con que inició Eduardo la faena a ese colorao, con el animal haciendo surcos por la arena, le dijeron al sevillano que aquí se tenía que morir. Y lo intentó. Pero no estaba preparado para que le embistiera un toro en Madrid cuando ya le huelen los ternos a naftalina de estante. Dos series le firmó con bien, porque sabe Dávila lo que hace y lo que siente, pero ya no está preparada la papata para tanta emoción en torrente.Y se fue diluyendo el trasteo a medida que se esfumaba el aire. Era normal. Porque lleva ya mucho tiempo ocupando fila en el tendido.

 

Rafaelillo, en cambio, no. Vino a lo que vino el murciano y con ello se encontró, porque él sí mató dos miuras que traían el hierro de casa, pero también se lo puso él. Dobló el saludo al primero por abajo y arrebujado, como enseñando el peligro que el toro decía tener. Ese se le escurrió entre los dedos sin más importancia que la que él le dio. Y lo mismo hubiera ocurrido con el del cuello-pelota -qué curioso que salga uno de Miura así- sin no lo hubiera prendido a la salida de una serie y le hubiera propinado una paliza al zarandearle lo suyo. Rafa, al menos, saludó una ovación, ya que no estaba el día para hacer el toreo.

Eso mismo, hacer el toreo, es lo que hubiera necesitado Rubén Pinar, y para eso se preparó, porque el que no tiene otra opción sueña despierto y dormido con la alineación de planetas. Pero esa no era hoy. Pudo tirar a los dos toros y esperar que embistiera el sobrero, pero aún guarda la educación y el respeto que un torero modesto le tiene siempre a la empresa de Madrid. Y le ahorró dos sobreros renunciando a sus propias opciones en favor de no gravar más el festejo de lo que el empresario calculó. Y de esta forma, sin poder pegar ni uno, pagó Rubén el maltrato de su nombre en los carteles, a los que no tiene muy claro a esta hora si volverá en alguna ocasión. Pero que nadie le diga que esta fue una oportunidad...

Lo podría considerar así Eduardo, pero no vino a eso el sevillano. Sólo se encontró con dos toros que le hubieran valido a Pinar, pero esto es así de caprichoso. Como el hecho de que fueran precisamente los de Dávila los Miuras que el presidente rechazó. Hoy, que era su última tarde en el palco. Menos mal que se acabó la feria...

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas. Última de la feria de San Isidro. Corrida de toros. Casi lleno. 22.560 espectadores. 

Seis toros de Miura, muy mal presentados, cariavacados y sin remate, aparte de rezumadores de mansedumbre y de falta de raza. Un sobreor de Buenavista, segundo bis, de buen aire y humillación franca, y un sobrero de El Ventorrillo, quinto bis, codicioso, boyante y bravo.

Rafaelillo (azul pavo y oro): silencio y ovación. 

Dávila Miura (esmeralda y oro): silencio y ovación con división. 

Rubén Pinar (azul rey y oro): silencio y silencio. 

 

 

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