LA CRÓNICA DE SAN ISIDRO

La fiesta de Blas

Las Ventas se vuelve loca con una interesante corrida de Rehuelga en la que dejaron momentos Aguilar y Pérez Mota y se estrelló contra dos grises Fernando Robleño
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miércoles, 07 de junio de 2017 · 22:37

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

Blas es funcionario de prisiones y le gusta sentarse al sol las tardes de primavera porque respeta las tradiciones y le contaron que esto del toro es de sol y moscas. Blas ocupa su fila 17 del tendido alto del 7, donde no se va Lorenzo hasta que te ha requemado las ideas y se ven las reacciones de los parroquianos por debajo de él. A Blas le gustan los grises y lo que ello conlleva para la gloria de este rito, y defiende esta fiesta, su fiesta, como lo haría con la piedra angular de la casa de su madre. Hoy se lo ha pasado bien. Se le veía la cara de felicidad a la salida, cuando nos vimos junto a la puerta de cuadrillas. Hoy ha visto lo que quería ver y estaba feliz mientras yo me preguntaba cómo se podía estar tan satisfecho cuando al lado tomaban la furgoneta tres toreros con la boca partida.

En esta fiesta, la fiesta de Blas y la de todos, desea cada sujeto que paga su entrada que embistan todos, los de cuatro patas y los de dos, y se lamenta cuando nos se conjugan unas embestidas con las otras, pero no se plantea por qué ocurre tal o cual cosa; no le interesa. Se agarra al tópico, como Blas, y se sube a la vela que mueve el viento que mejor sopla. Mientras tanto, en el ruedo, un mayoral saludaba una ovación que puede que fuera muy merecida mientras otros dos, los de Jandilla y Domingo Hernández, veían la corrida desde la tele preguntándose qué habrían hecho ellos para no merecer tal honor. Blas no sabría contestarles, porque Blas no es antinada. Hay otros que sí.

En la fiesta de Blas todos corren detrás del toro como garante y eje de este rito, y así debe ser, pero no todos los toros se miden con la misma vara ni se premian igual las arrancadas porque la tablilla también anuncia el hierro. El de Rehuelga que se lidió hoy vio cómo le embestían tres de cinco como le gusta a Madrid. Hubo carreras alegres para llegar a topar al peto; hubo humillación y largura en alguno de los tres toros; hubo fijeza para contar los azulejos de la plaza y celo para no despegarse de los trapos que les puso la ocasión. Con ellos se explicó Pérez Mota, que a estas horas sería un tío tan feliz como Blas de haberle funcionado mejor la espada. Porque dos de los toros a los que les puso nota Madrid le cayeron en las manos al torero gaditano, que a punto pudo estar hoy de que le cambiase la vida. El otro, al que también le pudo arrancar un despojo Alberto Aguilar si el estoque hubiera caído arriba, le hizo daño al madrileño porque un pañuelo azul en el palco del que manda sorprendió a la concurrencia para darle la vuelta al ruedo. Nadie la pidió. Estos arrebatos de Jesús María podrán convertirlo en buen aficionado -depende de para quién- pero lo que hay que ser en el palco es un buen presidente, y para eso no se te tiene ni que notar.

Porque incluso Blas, que salía contentísimo de su fiesta, puso un mohín de sonrojo cuando le pregunté por esa vuelta. Y ahí sí miró a la furgoneta de Alberto Aguilar. Porque el madrileño salió el último de la plaza por la puerta de la enfermería, donde le examinaron la pierna pero nada pudieron hacer con su desilusión. Después de haberle apostado en la distancia, de haberlo colocado largo para que se arrancase al peto, de haberle tragado vencidas para ocultarlas del vulgo y de haber trazado tan largo como le aconsejaba la reposición del funo se comió con patatas la vuelta mientras saludaba una ovación. Es lo que ocurre en la fiesta de Blas cuando te encuentras con los que salen con una copa de más, que no se acuerdan del cite de frente, de la ventaja otorgada, las zapatillas adelante y el vaciado atrás. Se acuerdan de que Liebre se llevó detrás de él sus seis quintales y medio, y de que emergió por encima del menudo madrileño mientras le soplaba éste derechazos de gobierno a la exigencia. Si no hubieran sido esas manos no sé yo si hubiesen visto el mismo toro.

Ni al tercero ni al sexto, porque ese lote de Pérez Mota también le partió la boca al tío que más feliz pudo salir hoy de la plaza de toros. Echó a volar Manuel su mano zurda para que la cantasen a coro en la fiesta de Blas, pero cuando llegó el sexto ya estaba el personal ebrio de arrancadas buenas y malas y le pidieron que siguiese para no dejarlo medir. Y era la medida buena la elegida por Manuel, antes de contentarles con doblones por abajo que sometieron de más. Y eso a un toro de cinco años no se lo hace uno sin pagar la factura. A Manuel esta le salió muy cara.

Como le salió a Robleño encontrarse con los dos toros más deslucidos del encierro, que no le sirvieron a Fernando ni para jugarse la vida con eco. Entre la falta de entrega del primero y la reserva zorrona del cuarto paseó el madrileño su impecable lidia, pero no se busca lo impecable en esta fiesta e Blas que hoy fue fiesta más que nunca; se busca que le dejes al toro la vana ilusión de que puede ganar para ponerse así de su parte. Pero esa fiesta es la de Blas, no es la de Fernando.

Y a la fiesta de Blas se viene uno con las sorpresas pegadas, porque si ves un pañuelo azul en el tapete granate del palco conviene que no hagas memoria para ver de qué te acuerdas en la faena. No vaya a ser que recuerdes y no te parezca tan bueno. A pesar de todo, lo fue. Como los otros dos de Rehjuelga que si llega a echar esta corrida con 80 kilos menos y un año antes podría haber armado la revolución. Aún así, casi la forma...


FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas. 28ª de la feria de San Isidro. Corrida de toros. Dos tercios de plaza. 

Cinco toros de Rehuelga y uno (primero) de San Martín, desiguales de tipo, hechura y trapío. Soso y sin entrega el primero; mentiroso y de media altura el segundo; pasador y fijo el exigente tercero; reservón y deslucido el cuarto; embestido sin clase a más el quinto, premiado con la vuelta al ruedo; humillado e importante el exigente sexto.

Fernando Robleño (grana y azabache): silencio y silencio tras aviso. 

Alberto Aguilar (rosa y oro): silencio y ovación. 

Pérez Mota (marino y oro): palmas y silencio. 

Saludó Juan Contreras tras banderillear con brillantez al tercero.


 

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