LA CRÓNICA DE VALENCIA

Al calor de los infiernos

El Juli revienta Valencia con cuatro orejas, Perera impone su quietud con dos y Finito deja destellos con una corrida de Garcigrande tan mal presentada como embestidora
jueves, 19 de marzo de 2015 · 20:22

Debe de hacer más calor en los mil infiernos conocidos que en la plaza de Valencia este día de San José. Lo tiene que saber bien El Juli, que es capaz de pasar por ellos defendiendo su interés, que no tiene por fuerza que ser el mismo que el del toreo. Doctores tiene la Iglesia para juzgar sus ausencias. Las presencias, en cambio, se juzgan a partir de las telas que ofrece en los mismos infiernos por los que pasa. Y en ellos, no cabe duda, también gobierna.

Cuatro orejas le paseó hoy a un encierro de Justo Hernández que embistió más que abultó, pero eso no era difícil. Desorejó Julián con imperiosa ambición al anovillado segundo de cara lavada, que se le entregó, sin embargo a una muleta cuyo palillo nunca superó el palmo de altura para cites ni trazos. Allí, al calor de los infiernos, demostró Julián como se gobierna incluso en el viento, que cuanto más abajo viaja el trapo, menos molesta. Y molestar, quiso mucho la climatología. Fue brava la raspa charra en una muleta que se impuso genuflexa en el inicio y ya no le dio tregua en un trasteo largo para el que no escatimó el toro ni una arrancada. Con la cara suelta pasado el embroque, con un punto de genio para volver a la carga, más ligero que templado para acometer el trapo, pero codicioso y emotivo sin desfallecer en la entrega. Algo parecido a Juli, que traza en los infiernos y camina por ellos porque está acostumbrado a marcar los caminos.

Como se los marcó al quinto viendo humillación templada al resbalar milagroso por el percal que ondeaba cual bandera de guerra entre las manos de El Juli. Genuflexo e imperativo se mostró Julián sin mancillar el ritmo en el galope del buen toro, saboreando a dos manos la pasada larga y franca con un punto de disparo. Luego se descaró con el viento cuando más arreciaba éste desnudando la muleta en los medios para arrastrarla al natural con el bicho cosido a los flecos, confiando en el toque para enganchar y soltar con el viaje gobernado, dueño de vientos y arrancadas. Sabio el madrileño para alternarle las manos y desengañarle la voluntad al negro toro, con el talón clavado y la zurda elegida para emerger de la arena. Y entonces, un cambio de mano por la espalda en mitad de una tanda, la muleta desnuda que busca el morro y la figura desmayada, desprovista de recelos, dispuesta y entregada a torear o morir. El gobierno en el toreo no puede viajar más abajo que la zocata de Juli.

  

También vive Perera al calor de los infiernos desde que decidió que para jugarse la vida uno tiene que mandar primero en su hambre. Y luego en su temple, porque fue templada y mecida la primera visita del sexto a su percal. Pero mucho más lo fue el inicio de hinojos, sintiendo en rodillas y nuca el calor que se fragua en el submundo del toro. Allí, con la flámula en la diestra, demostró el extremeño que pegar rodillazos en muy distinto de torear. Despacio, empujando llegadas, vaciando tensiones, volcando las tripas y el corazón para levantar al tendido. Se arrebató, ya de pie, para transportarle la humillación enclasada al colorao, que empujó con los riñones mientras mandaba Miguel en su voluntad sin dejar que llegase más que a un dedo del trapo. Un giro de talón, la figura despatarrada, el enganche presto y otra vez a dibujarle largo hasta que se fundió el fondo y se rajó el animal. Luego emergió majestuoso el Perera vertical de la quietud inmensa que le le había cortado una oreja al deslucido tercero cuando se enterró en la arena. De este tenía las dos en la mano, pero se las negó el pinchazo, como salido del infierno.

Ya lo visitó Finito dos o tres temporadas, cuando menguaron los contratos al compás de su ambición, pero vive tiempos nuevos al socaire de Simón, que gusta de los toreros que siempre esconden cierta magia. Simón y cualquier aficionado con sensibilidad para pegarle un ole a las verónicas al primero y al toreo al natural que le valió una ovación. Pero le cuesta al estilista apretar los dientes cuando le corren los toros, como le hizo el burraco cuarto, al que le mató la intención de raíz y sólo cuando se calentó y le echó la muleta al morro y de verdad le vio el emotivo viaje de codicioso toro llamado a mejores empresas. Pero se le torció el destino como lo hizo la ambición Juan al retirarse en silencio.

En hombros y en loor de triunfo se marcharon Perera y Juli, aún con el calor de los infiernos en las manos que arrastraron para imponerse a vientos y arrancadas.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Valencia. Octava de la Feria de Fallas. Corrida de toros. Tres cuartos de entrada.

Dos toros de Garcigrande (segundo y sexto) y cuatro de Domingo Hernández, muy flojos de presencia, pero embestidores en general. De gran clase y entrega el primero, flojo de fuelle; bravo y repetidor de cara suelta el segundo; deslucido y sin entrega el tercero; de encendida arrancada y viaje largo el emotivo burraco cuarto; con transmisión y movilidad el buen quinto; con calidad y obediencia el rajado sexto.

Juan Serrano "Finito de Córdoba (marino y oro): ovación y silencio.

Julián López "El Juli" (marino y oro): dos orejas y dos orejas tras aviso.

Miguel Ángel Perera (verde hoja y oro): oreja tras dos avisos en ambos.

 

FOTOS: Javier Comos

 

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