LA CRÓNICA DE MADRID

La lluvia en los zapatos

Juan del Álamo corta una oreja con una corrida desigual de Joselito con la que saludaron ovaciones un liviano Abellán y un reposado Iván Vicente que se quedó con ganas de más
lunes, 2 de mayo de 2016 · 21:24

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

 

A la plaza de Madrid hay que venir tan despierto como bien provisto de Melapelol en vena. Si se te ocurre mirar al tendido mientras te amenazan dos pitones –de los que gasta Madrid- a dos metros de distancia estás perdido. Las voces de este tendido sirven cuando corean el olé más rotundo que se escuchó en ningún ruedo, pero deben ser, cuando se enzarzan y discrepan, como la lluvia en los zapatos; moja, enfría, se siente y hasta chapotea, pero no llega a lastimar mientras continúes andando.

Hoy lo sabe el Juan del Álamo más maduro que ha pisado este ruedo, que pudo estar mejor o peor con la muleta en la mano, pero paseó una nueva oreja por el ruedo grande por tener sordo el oído de calentarse. Tiene el charro que empezar cada año como si fuese un novato con todo por escribir, y no está para escuchar sandeces que le mojen la arena bajo los pies, pero sabe hundirse en el barro mientras encaja el riñón. Se lo hizo hoy al gran tercero, toro de justa estampa pero lámina perfecta, largo cuello, mano corta, sien estrecha y brava intención. Fue lluvia en los zapatos de Juan la urgencia de una plaza que ya no lo ve como el pobre, como el niño, como el débil a ayudar, y eso lo ha ganado a pulso a base de apretar los dientes para morder los premios. Aunque no le hiciesen justicia hoy las medias grises de la abuela.

Anduvo despierto el charro, que perdonó sólo el quite que no debía soplarle al mulo quinto, que se estiró de capa después de arrodillarse en la arena para ver pasar pitón, que se enterró en el mismo centro para que le negasen el brío y se lo sacasen luego de entender la lluvia que prometía el burraco. Lluvia que fue torrente cuando le entregó el pecho y le echó el trapo al morro. Embarcó Juan con precisión, acomodó el viaje y le disparó el trazo a la eternidad que quisiera el bicho. Una, dos, tres tandas. Ni un enganchón en el paño, ni una duda en la cabeza, ni un pie mal colocado, ni un giro de talón a destiempo. Boyante el de Joselito, bravo, codicioso. Bueno. Se hinchó el charro de verle arrastrar el morro sin que le tocase el trapo, pero le quedaban al final manoletinas de regalo. Llegó la borrasca del 7 cuando paseaba el premio, pero no le llegaba el barro al calcañar cuando acariciaba el pelo.

Aplastó el suyo con gomina un Abellán que estrenaba peinado emulando de goyesco el que hace veinte años lució en este ruedo Joselito. Y de él se vistió en su primero para trocar su habitual escorzo en vertical desmayo en dos series con la diestra. Por allí lució un derechazo tan rotundo y despacioso que llegó a parecer obscena la vencida deslucida con que terminó el toro la tanda. Y allí se acabó la magia. Porque se empeñó Miguel en ser el Miguel de los gaches con oficio por arrobas. Porque se escondió en la solvencia en lugar de buscar el brillo y en acompañar embestidas sin meterse ya con nadie para ligar y ligar. Por eso se ennegreció el cielo para lloverle en los zapatos. Y en el cuarto, con el que se metío de perfil entre pitón y pitón, descargó el aguacero venteño mientras saludaba ovación.

Otra se llevó al coleto Iván Vicente por lancear con encaje a un segundo muy a menos, que permitió en un inicio y dos series que le volase la diestra al de Soto para distinguir el toreo del pase. Desmayada la figura, elástica la muñeca, cimbreante la cintura y largo el brazo, deslizó Iván el gusto para que se engolosinase la plaza y se apagase la luz cuando se apagó el castaño. Quedaba otro tiro en el arma cuando salió el perfecto quinto, tal vez el tipo de toro que debe salir en Madrid. Armónico, largo, badanudo, serio. Tanto como lo fueron las verónicas de Iván, que no tuvieron conjunción al empujar poco el inicio pulseado. Y de ahí para adelante, la lluvia. Los zapatos. La nada.

Le queda la de Ibán al Vicente deseado, como le quedan dos tardes para arreglarlo a Abellán. Con la lluvia en los zapatos como vendrá Del Álamo en San Isidro, más acostumbrado hoy a ignorar a la borrasca en favor de su futuro. Aunque siempre hay algún tonto al que asiste la razón…

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas. Segunda de la Miniferia de la Comunidad de Madrid. Tradicional corrida de toros goyesca. Media entrada en el tendido en tarde muy agradable.

Dos toros de El Tajo (primero y tercero) y cuatro de La Reina, desiguales de presentación y juego. Con fijeza y más fondo que fuelle el exigente primero, ovacionado; de buena condición y escaso espíritu el segundo, a menos; bravo, humillado y con transmisión el gran tercero, ovacionado; no0ble y bondadoso el regordío y parado cuarto; de perfecta estampa el parado quinto; bruto y de cara alta el rajado sexto.

Miguel Abellán (blanco e hilo negro): silencio y división de opiniones al saludar tras aviso. 

Iván Vicente (blanco e hilo negro): ovación y palmas. 

Juan del Álamo (gris e hilo blanco): oreja tras aviso y ovación. 

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