LA CRÓNICA DE ALBACETE

El cable y el enchufe

Talavante sienta las bases de su toreo desorejando a un buen Garcigrande y El Juli hace lo mismo con su capacidad ante un mal Domingo Hernández; Ventura pasea una oreja y le mangan otra del mismo toro
jueves, 15 de septiembre de 2016 · 21:59

MARCO A. HIERRO

Para ser un genio -no le den más vueltas- hay que tener un cable pelao. Para ser un genio hay que pelear con los fantasmas dormido y despierto, hay que dudar de todo y de todos -hasta de uno mismo- y hay que pasar por momentos de lucidez y de locura, aunque todas esas cosas no se atisben siquiera entre el común de los mortales. Pero para ser figura del toreo, que implica una regularidad en la expresión del mundo interior, hay que estar enchufado al concepto, hay que vivir con lo que te mata y morir con lo que te da la vida. Torear no es distinto de las demás artes, pero aquí la vida se juega de verdad.

Con toda la sinceridad de que es capaz su alma atormentada por la búsqueda de sí mismo se la jugó Talavante en Albacete, a donde volvía después de que la muñeca le quitase el sueño. Volvía con el toro serio que se lidia por aquí, con la exigencia de una plaza de segunda que huele a primera y con El Juli en el cartel para evitar liviandades. Regresaba del parón para soplarle al tercero un cartucho del pescao y ponerse a pegar naturales como si no hubiera mañana, como si ayer hubiera sido ayer, como si no acusara el corazón los reveses de la carne. Porque Alejandro es un genio, de esos del cable pelao, pero está enchufado a su toreo.

En cada forma de dar los frentes, de sentir las pasadas humilladas y gobernadas, de vaciar los finales cuando ya no hay cadera que cimbrear, se sentía Alejandro superior. Porque lo era. Por eso colocaba al toraco en la bamba, en el envés, en el pico por la espalda en la arrucina a toro parado y en el grueso de los flecos para pasárselo por delante en uno de pecho superior. Por eso derramó la suavidad de la flámula por el morro del Garcigrande, que no pudo más que embestir y embestir, que redujo punto y medio su carrera cuando se lo ordenó Talavante en un cambio de mano que todavía le está pegando. Por eso se volcó en la cara para hundir el acero en la yema nada más. Fluyó el toreo por el cable, que sigue estando pelao, pero tiene al final un enchufe que convierte en soberbio el final. Dos orejas paseó el extremeño, pero ¿a qué genio le importan los despojos?

Tal vez a Juli sí le importen, porque su genialidad es distinta del tormento de Alejandro. La enfermedad de Julián, que se llama superioridad, parece cordura en los ademanes, pero le obliga a buscar cada día el más difícil que ayer. Así fue con el espeso quinto, toro vulgar y basto, renuente al movimiento, vago para caminar. Así fue porque ya se había comido Juli la aspereza zorrona del segundo, ya se había ido uno sin triunfo y eso le peló el cable al dueño de la ambición. Y le rascó los fondos al quinto, y le perdió los pasos para ponerlo en ritmo, y le plantó el trapo para que lo viese, para que cogiese la inercia donde no había voluntad. Y se la dejó en el morro luego, perfectamente pulseada, mandona, irresistible para el bicho hasta que se los tragó de cuatro en cuatro. Ya había ganado. Ya era suyo el de Domingo. Pero el enchufe que porta el que más veces se enchufa le hizo cruzar la línea en terrenos de cobrar. Una estocada trasera puso fin al invento de Juli, porque sólo en esas manos podían hoy pasear los despojos de ese toro. 

Uno y no dos se llevó para casa Diego Ventura del cuarto. Uno, y no dos, porque todos le vieron coser el ritmo del toro al estribo de Sueño en dos vueltas al anillo para cambiar el tranco por dentro en un final sin espacio. Todos le vieron quebrar marcha atrás -en claro síntoma de cable pelao, de genio con enchufe y desmedida afición-, dejar en lo alto las cortas al violín y soplar piruetas en la cara con la exposición del que manda en esto y del que no encuentra el techo donde estrellar su ambición. Todos le vieron hacerlo menos el del palco, que prefirió mirar a otro lado que al tendido cuajado de moqueros blancos. Pero es un genio Ventura y, dicho está, no lo va a hacer mejor un despojo más que menos. El que quiso disfrutar, disfrutó.

Con los tres lo hizo Albacete en tarde de lleno absoluto, de cables pelaos y de argumentos distintos, que cuajaron entre todos una tarde de toros en la que todos repetirán. Porque soñaron tres genios que eran capaces de esto y su capacidad pagó la entrada.


FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Albacete. Octava de la Feria de los Llanos. Corrida de toros. Lleno en los tendidos.

Dos toros para rejones de Ángel Sánchez y Sánchez y cuatro de Garcigrande para lidia a pie. Con doble ritmo y velovidad el primero; zorrón y medidor el complicado segundo; enclasado y con mucho ritmo el gran tercero; de gran tranco y entrega el cuarto; basto y exigente el vulgarón quinto con fondo; aplomado y sin voluntad de embestir el vulgar sexto.

Diego Ventura, ovación y oreja.

El Juli (gris plomo y oro): silencio y dos orejas.

Alejandro Talavante (verde hoja seca y oro): dos orejas y silencio.

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