LA CRÓNICA DE NIMES

El fondo del tocador

Un sereno y maduro Castella ofrece su mejor versión de la temporada con una corrida de Adolfo pareja en las formas y desigual en la condición, con un gran toro segundo
sábado, 17 de septiembre de 2016 · 20:44

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: EMILIO MÉNDEZ

Todo tocador tiene un espejo. Si no, no sería un tocador. Y eso es lo malo cuando las cosas no funcionan, que si tienes el valor de mirarte a los ojos no puedes reprimir el escalofrío y la duda. Pero cuando llega la serenidad, sabes perdonarte los desaires y se te hace hasta imprescindible el acto de contricción, le clavas la mirada al tío que te muestra el espejo sin una deuda saldable y sin un reproche que hacer. Y entonces, sólo entonces, te ofrece el tocador el fondo para lucir la belleza y estar un poco más cerca de la felicidad ansiada.

Hoy fue feliz Castella en Nimes. Hoy, que paseó dos despojos que no descerrajan puertas, que se fue andando del escenario propuesto, que no colgará la foto en el rincón de los cónsules, Sebastián se mirará al espejo sin un reproche que hacer. Salvo la espada. Porque fue el acero frío de firmar las obras el que le privó del triunfo, pero no de torear. Y aún sentirá en las entrañas la sensación indescriptible de conducir despacito tranco y medio de humillación.

Fue en el segundo. Fue ese Adolfo de cuerno vuelto que le sale a Albaserrada, tan feo en la forma como extraordinario en el fondo, bravo sin estridencias, noble sin baba, humillado sin facilidades y exigente sin mordiscos. Fue ese toro que te obliga a mirar en el fondo del tocador para sacar tus mejores galas. Y allí se sintió Sebastián, que hoy se olvidó de violencias, brusquedades y parones, que dejó en casa la plantilla de la faena precocinada para fluir sin crispación incluso cuando recibió disparos. Hoy surgió Castella del fondo del tocador, donde dormía -más de la cuenta- el toreo que mejor siente.

Allí quedó una tarde de mayo, cuando los isidros callaron al toreo al natural y los demonios se llevaron la naturalidad sentida. También entonces fue con un Adolfo, y hoy se echó seis para asegurarse el chute, para volver a sentir como se sintió entonces, aunque Madrid fuera cruel y no lo quisiera ni ver.

En Nimes, donde el gusto por el toro se equipara a la tendencia por el toreo bueno, donde te arropan los paisanos y te sientes en casa. Allí se fue Castella a enseñar el fondo de su tocador y también su endeble espada, que se le arrebató, de mano, una oreja del primero. Ese Baratero de alcurnia tuvo cierto fondo para embestir muletazos, pero le faltó la raza para hacerlo con ligazón. Y lo pretendió el galo en los cites, en los toques, en la permanente búsqueda de suavidad que tuvo hoy con todos los toros y le faltó algunas tardes de este 2016. Se entregó Sebastián desde el minuto cero, porque hoy no importaban los trofeos.

Pero eso lo supo al final, cuando se marchaba andando después de sentirse torero y de mitigar el hambre con los naturales al segundo. Ese fue el bueno del encierro y de muchos encierros que vendrán. Ese fue el humillado, el profundo, el que la empujó con las puntas de sus horribles pitones hasta donde dijo Castella y ni un tranco más. Con ese se desmayó en vida Sebastián para entregarse hasta la muerte. Y le nacieron del alma los bamboleos mimosos, el arrastre del fleco firme que acarició los viajes del cárdeno embestidor. Le brotó la suavidad de la naturalidad no fingida, porque el sereno semblante estaba lejos, muy lejos de mentir hoy. Porque no se lo merecía Carpintero, que le embistió larguísimo, entregadísimo y bravísimo en un cambio de mano que duró una eternidad y le dolió en los riñones, pero no cejó en el empleo. Cuando la voluntad es firme, que diría Paulo Coelho, el universo confabula para alcanzar la felicidad. Y en ese momento Sebastián fue muy feliz. Mucho más que al marrar con la cruceta, pero las dos orejas que quedaron en una no borrarán de las retinas el trazo ni de las almas la emoción.

Ese Carpintero segundo fue el mejor del variado encierro, pero hubo mucho más brasa para quemar el tocador. Desde el espectacular cuarto arrancándose desde los medios al caballo que tapaba la puerta de los Cónsules, hasta el áspero y exigente tercero que le visitó el cuello al francés sin que perdiese la sonrisa. Porque hoy todo era fondo, todo era suavidad hasta cuando le ofrecían hieles. Así se lo hizo el tercero, que terminó claudicando en dos series ligadas y de baja mano salidas del gobierno de Sebastián. Porque hoy, que desempolvó el fondo del tocador, lo gobernaba todo.

Y no hubo ni un quite, ni un fuego que fuera artificial, ni una concesión buscada para fomentar los moqueros. Fue toreo de gusto en trincherazos bien compuestos a la mansedumbre del quinto, que no fue bueno ni por ensoñación, pero lo trató el galo como tal porque buscaba gustarse. Buscaba la sensación más que el triunfo, la reconciliación con el tipo del espejo del tocador. Ese que se había dejado -un accidente- uno vivo en Salamanca y hoy quería morir de torear hubiera o no entrega en el enemigo. Tampoco el sexto se la dio, pero sólo con su férrea fe, su vertical disposición, su encaderada apostura y su tenaz búsqueda del concepto mejor quedó entre las piedras milenarias del Coliseo francés la profunda impresión de ser el mejor Castella. Aunque se fuese andando.

Porque no le es necesaria a una figura como él un portón más o uno menos, pero no sería torero, y mucho menos matador, si no le dijera al espejo que un reproche sí le escupe: de haber manejado la espada hubiera habido menos excusas para los que buscan el gol.

 

FICHA DEL FESTEJO

Coliseo de Nimes. Tercera de la Feria de la Vendimia. Corrida de toros. Casi lleno en los tendidos.

Seis toros de Adolfo Martín, en tipo y parejos en las formas. Sin raza ni chispa el soso primero; humillado y con entrega y clase el gran segundo, ovacionado; áspero y a menos el brusco tercero; de viaje corto y sosa arrancada el cuarto; exigente y serio el informal quinto; deslucido y sin entrega ni recorrido el sexto.

Sebastián Castella (fucsia y oro) en solitario: silencio, oreja, ovación tras aviso, ovación, oreja tras aviso y ovación tras aviso.

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